Paseaba
por aquella avenida de farolas fornidas ocultadas en maleza,
y a cada paso que daba crujían las hojas rotas como
serenatas quebradas por amor imposible. Y todo aquello me
recordaba a algo, algo que se perdió en la esencia
de un aroma que antes fue brioso, y ahora era nostálgico.
El penetrante viento se me incrustaba en los huesos, y contemplé
como todo a mí alrededor se desprendía en una
ráfaga de cólera, irremediable de impedir. Entonces
fue cuando distinguí en la espesa niebla aquel banco
de madera agrietada, cansado de soledad, y anheloso de nutrirse.
Me acoplé en él, y me cubrí de vaho las
manos de hielo, frotándolas mañosas para no
abrasarme en ardor. Al rato de atisbar absorta el cielo cubierto
de plomo, me ajusté el pañuelo que llevaba en
el cuello descosido por los años, y volvieron a retornar
en mi mente evocaciones que me aludían a aquel confuso
ambiente de melancolía:
Era aquel tapiz de carbón, áspero pero a la
vez jugoso; era aquel cuero bañado en chocolate caliente
que imploraba infinitas fantasías; eran aquellas dos
castañas que se sostenían fulgurantes a la luz
de su lumbre; era aquella apertura en la que se degustaba
el ferviente café con sacarina; era aquel tronco erguido
que se blandía con mi contacto; y eran sueños
que el presente calibraba en sentimientos acogedores de chimenea
encendida.
Ilustración
de Lubomir Bukov - título reflexión
Y, justo ahí, una pincelada de emoción brotó
de mí, y regresaste a aquel banco extraviado donde
nos conocimos, ensuciados por traviesas brozas ocres de ternura,
y me susurraste lentamente en el oído, añorándome,
que eras el otoño.