Cuando la angustia
me invade,
la cruel inseguridad me sacude,
acudo presta a lo que un día tuve,
y siento dolor, viendo que no hay nadie.
Nadie ante la impotencia sufriendo,
de no lograr rasgar etérea barrera,
que te separa desta mi terrenal era,
aunque a un paso de ti me siento.
Siento tu celeste presencia madre,
Y que a mi te allegas a traerme
tu consuelo, y al marcharte
dejas en mi fragancia inefable.
Inefable, porque mi alma no se explica.
que mi ámbito rezume a perfume
exquisito, que nun tris se confunde,
dulce sensorial, rudo se vuelve a mi vista.
Vista que avista hilos de la noche,
en sumo derroche desmadrado,
y en su filamento me hago paso,
cual equilibrista hacia ti lanzarme.
Lanzarme ignota de mesura en aventura,
de ir ajando a mi paso las barreras,
y en llegando a ti traerte a mi era,
para revivir nuestra dulzura.
Dulzura era nuestra empírea estada,
fontana de amor en requiebros,
orivería de nuestros sentimientos,
intangible a la inmunda taima.
Taima que estada abordó sobremanera,
en sevicia de acto de impía fiera,
y en ángel escudada, cual hiena
de ti y de mi, sin duelo se apodera.
Apodera en sus cantos ironiosos,
melosos acordes danzantes infames,
en desventura tu corazón invade,
guiándonos por un sendero sinuoso.