LAS
MANOS
No es lo mismo la pupila de la melancolía que la inmovilidad
de los lánguidos cisnes de ocasión porque como
un apagado lenguaje de ramas son perfectos sus gestos cuando
se clavan en los párpados o en la azulada piel que
por su hechizo cobra la dimensión de los mares. O aquellas
otras veces en que imperiosamente se alzan como un interrogante
de agitada vida batiendo sus alas para estrecharnos bruscamente.
En el manantial de la sangre tienen el origen los ardientes
cantos que preceden a la muerte y las lágrimas vivas
de las flores sin ojos pero ellas ágiles y con garbo
se adelantan siempre a los recursos del consuelo.