-Como le iba diciendo, doctor –-calada, ojos entrecerrados,
humo saliendo de los labios-, me confesaré. Desde siempre
he intentado ser imparcial en las vidas de los demás,
ya sabe, algo ajeno a ellas y que solo se deja ver muy de
vez en cuando. E incluso lo normal es no saber de mí
jamás, salvo raras excepciones. Hubo algunos…
-sus ojos se abrieron algo más, contemplando, soñadores,
el elevado techo-, oh, sí, hubo algunos que estuvieron
tentados de conocerme, de comprenderme. ¿Puede imaginarse,
doctor? ¿Comprenderme a mí, la incomprensión
encarnada? No, claro que no puede -Labios torcidos en la mueca
de desdén-. Pero he de reconocer que lo hicieron bastante
bien, dados los pocos años de vida que tenía
el mundo por aquel entonces. Filósofos, se hacían
llamar. Oráculos, se decían otros. Cuánto
bien y cuánto mal ha hecho la teoría, el pensamiento,
la incertidumbre y el ansia de saber. La humanidad siempre
cargará con ese lastre. La ignorancia es la felicidad,
y cuánta razón tenían. Hubiera sido mejor
para el mundo desconocer mi existencia, vivir en sueños
aterciopelados de óleo y luces, maldiciendo los monstruos
de las leyendas o los fantasmas de las viejas historias, porque,
a fin de cuentas, siempre queda el consuelo de maldecir las
historias, donde el temor queda tras las llamas de la hoguera.
La ignorancia…
»Pero no quisiera andarme más por las ramas,
doctor Diehn. Usted ha venido a mí con la pretensión
de ganarme a las cartas, ¡a mí!, que llevo jugando
siglos y siglos, con todo tipo de gentes, en cavernas, en
chozas, en castillos y en palacios, y pocas veces he tenido
que conceder deseos. ¡A mí!, que conozco el significado
de lo infinito y la vaguedad de la inteligencia... Pero bien,
juguemos pues, no quisiera entretenerle más.
Ahí estaba, llegó el momento.
El humo del incienso, ajeno al tumulto de sentimientos que
bullían en el interior del corazón de Diehn,
ascendía y ascendía, como una serpiente de humo
encantada por algún tipo de sinfonía inaudible.
Dieh levantó su carta, deprisa, resignado lo que fuera
que le deparara el destino. No tenía nada que perder,
sí mucho que ganar. Una nueva vida, las cosas bien
hechas, ningún mal paso. Nada de alcohol. Un siete.
No está
mal. Solo cuatro cartas lo superan. Tengo bastantes posibilidades…
Un mal padre.
Por favor, tengo que ganar. Lo necesito. Una vida nueva.
El brujo, muy lentamente, saboreando los frutos del miedo
y las deliciosas esencias del temor, acercó la mano
a la carta que yacía, silenciosa, inerte, sobre la
mesa. Como un libro que se abriera, un libro maldito que encerrara
los misterios de la noche y las sombras, la carta se dio la
vuelta, como el paso de toda una vida hacía las orillas
de su destino final. Cuando quedó a la vista el número,
Diehn sintió el golpe de un gigantesco tambor sacudirle
el pecho. Un nueve.
Los ojos grises con nubes negras del brujo se alzaron hacia
los suyos, ahora vacíos y lacrimosos, y parecieron
adoptar cierto aire de decepción, tal vez acrecentada
esa sensación por las profundas arrugas que bordeaban
tan hermosos ojos.
Diehn sintió un repentino temblor en su corazón,
un martilleo fuerte y rítmico que perdía intensidad
a medida que el aire de la habitación se enrarecía
y le llegaba con menos frecuencia. Poco a poco, su piel se
tornó cerúlea, su sangre helada recorriendo
su débil cuerpo, y el cabello laxo y débil se
caía a trozos, como su alma y su vida.
Un mal esposo.
Ya no había aire. Los pulmones le ardían, el
corazón se detuvo.
Un mal padre.
Oscuridad. Los ojos del brujo lo miraron, neutros, sobre una
baraja de cartas maldita. Un vórtice de sombras se
arremolinó en su interior, apagando cualquier chispa
vital que aún pudiera latir en aquel hombre enfermo
y que sólo había deseado enmendar los errores
de su vida. |