Leer otras cartas de amor
Con la voluntad de un corazón heroico, intento construir
con versos un mundo de fantasía, en donde sobrevivir
a este absurdo holocausto. Aprendí que es más
fácil llorar camuflados entre un zarzal de versos,
porque nadie nos ve, ni puede expresarnos lástima.
Vivimos lo que teníamos que vivir, bajo las sombras
de nuestros destinos. A veces pienso que ni siquiera Dios,
es el mismo para todos. A veces me siento en la soledad a
hablar con mis pensamientos y algo de esos secretos sublimes,
lo plasmo en versos. Me redime la oquedad y el bronce de mis
sueños.
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CARTAS
PUESTAS EN EL BUZÓN DEL AZAR (y IV) |
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A veces me despierto con las esculturas de los desnudos del
mar. La belleza de las rocas talladas, son incandescentes
como el hermoso veneno de las palabras en el sexo. Por tu
belleza te he coronado como la Puta Reina de la Noche y en
verdad, te lo has creído. Te necesito equidistante
y bien cerca a veces, como el placer o una oportunidad suicida.
Despistemos a las ilusiones esculpidas, por una baraja de
falsas oportunidades.
Te entregas sin miedo como un ansiado plato fuerte o el fugaz
entremés, donde se saborea y se muerde, hasta hacer
sangrar al vino. Me sumerjo en el deseo de un viaje astral,
como un trásfuga gato paria, que narra como todo ser
viviente sus experiencias, sin pelos en los bigotes. Me siento
como un insólito visionario a oxigenarme, ignorando
a los miserables que se resignan, por no saber nada más
que ejercer un absurdo y obsoleto sacerdocio. Los místicos
más creíbles se esconden como el azafrán
o la hierbabuena, entre sombras inalienables. Las piedras
se sorprenden cuando les pregunto, sobre la realidad de la
existencia de los tres mojones del triángulo.
Deseo polinizar sin albedrío con la amapola que
provoca el redescubrirte como hembra. Me extasío
cuando me desvisto, con las líneas de tu cuerpo y
los pezones de tus misericordiosos pechos. Quiero que la
carne viva el veneno ponzoñoso de la boca de mis
arrumacos. Deseo inocular tu cuerpo, salvaje y hermoso,
mientras aguardo el milagro, cual cenizas de la mañana.
Los charcos del invierno reflejan, la luminosidad de mi
insomne noche. Como un pirata imaginario, conjugo con tu
entrepierna, hasta calmar la sed del deseo, arrancándole
al diamante de la perla dorada, destellos de la lujuriosa
testosterona, para un amor más profundo y complejo.
Al principio el amor es explosivo, como la química
de la monogámica vasopresina. Después de un
maravilloso orgasmo, no deseo más ilusiones ni promesas
con espejismos de un paraíso o un cielo que no son
más que nebulosas. No deseo saber más de un
dios con azhaimer o quizás, ya ha muerto. Ilumina
la esencia de los suspiros que aspiras con tus besos. Escucha
a la ideología trascendental de mis desvaríos.
Tú eres la razón aterciopelada que se desliza
dentro de la carne de mis versos. No me desnudo para ganar
guerras, ni levito en las madrugadas, ignorando las tentaciones
del chocolate de la “dolce vita”.
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El olor de la desdicha, me desespera. Me evaporo entre la
lluvia, con el silencio del olvido y en compañía
de los aciertos de algunos versos. Me refugio entre escombros
y armo cadáveres exquisitos para soportar el tedio,
mientras siguen cayendo bombas en algún lugar del mundo.
No entiendo lo que llaman oportunidades o tierra fértil.
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El dolor se refleja en el horizonte, como el arco iris que
brota de la sangre de los vencedores y vencidos, caídos
inútilmente en acción. La nieve crece como el
crisol de una avalancha, arrasando los sentimientos sobre
mi pecho herido por la diabólica nitroglicerina.
Respiro como un promiscuo satélite de insulina o un
obsesivo dependiente, de la monótona diálisis.
Cada letra es una molécula fragmentaria, de un espíritu
desordenado que suda miedos. Aúllo como un pájaro
desesperado, dentro del laberinto de los ecos sordos. Creo
más en el poder de un áspid, que en la mano
de Dios. Expreso verbos enardecidos, ante los absurdos impredecibles
de una justicia paquidérmica, obsoleta y estéril.
Me encrespan los grilletes imaginarios e intergalácticos.
Los muertos que dejan las macabras tormentas humanas. Todos
fingimos ser inmortales, pero nos camuflamos con sangre. Siento
repugnancia hasta el borde del agua, cuando imagino a la desnudez
mendigando un poquito de amor. Las garras del instinto apasionado
de mí invernal octubre, fustiga el placer de mi equipaje
erótico, como la ternura del cañaveral sobre
el que nos revolcamos, como si fuese el arenal sobre el que
nos balanceamos para engendrar un fruto primaveral.
Los espectros famélicos, se ensañan con los
locos. La soledad más que una invención, es
el candil de los fracasados. Siento más envidia que
rabia por lucir harapos y morir escondiéndome del infortunio,
como un escarabajo murte. He vivido burlándome de dios
y de la muerte, pero he sobrevivido. Lloro por la destrucción
irrefrenable de la tortura; por el dolor de los que se quedan,
cuando desaparecen sus hijos y los sueños, quedan sin
bandera. Reprimo a los cuervos por no ser transparentes. Cuando
me sublevo e impaciento, lloro como el agua desolada. Cuando
desahuciaron mi alma, me confabulé en el sexo. Soy
un adicto al olvido, cuando me enzarzo con mi amada y nos
confundimos en una sola sombra de desencantos. Mi carne llora
y respira como el bronce o el cemento, cuando no puede retirar
ilusiones del cajero automático. Dicen que vivo en
rojo, pero aún me quedan cheques por llenar en la etiquetera
de los desencantos. El reloj de los demonios se olvidó
de mi nombre. Me río de la fe de mis mentiras y de
las calles que han vivido mis agonías. Anoche me bebí
como un horno 2 litros de whisky y escasamente se ahogaron,
un par de maldecidas penas.
Cuídate de las serpientes murtes que acechan sigilosas,
camufladas entre la locura pervertida que corroe al horizonte.
Hay muchas monas malucas que hechizan con la mirada erguida
de la sinvergüencería.
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