"Veleros estelares"
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Aldebarán terminaba
de desarrollar, en su ordenador de bolsillo desplegado sobre
la mesa, su enésimo prototipo. En la pantalla tridimensional
—proyectada en el aire— aparecía la última
versión del desarrollo de su extraordinaria nave. Con
el ratón de dedal en su dedo índice, daba las
últimas pinceladas a la maravilla técnica que
brotaba de su mente imaginativa.
—¿Qué estás diseñando ahora,
hijo?
—Estoy dando los últimos retoques al proyecto
de mi velero estelar.
—Creí que habías terminado el proyecto
de tu nave el mes pasado.
—Sí, pero lo he replanteado todo. Ahora mi velero
estelar, caso de construirse, tendrá más autonomía
y aprovechará mejor el viento de las estrellas.
—¡Ah, los veleros! Nunca se ha construido uno
en Pentiano. Solo los conocemos por ese viejo libro terrícola
que sacaste de la biblioteca y me enseñaste. Debe ser
maravilloso navegar en esas sencillas naves, viendo cómo
el viento hincha las velas y la nave avanza con su empuje.
—Sí, mamá. Como sabes, de ahí saqué
la idea. No lo sabemos, pero quiero pensar que esas hermosas
naves terrícolas continúan surcando mares y
lagos en el planeta Tierra.
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—Estoy orgullosa de ti. Pero he estado leyendo lo que
me enseñaste acerca del viento estelar y… ¿Estás
seguro de que esa débil presión impulsaría
de modo significativo a una nave tan rara y sin propulsores
auxiliares?
—Se logrará una presión constante mientras
incidan sobre el velero los rayos de nuestro sol, Pentiana.
En realidad el viento estelar no es más que la presión
de la radiación de una estrella sobre una superficie
situada en su espacio interplanetario. La nuestra es algo
más radiante que la estrella Sol. Por cierto, los terrícolas
lo denominan viento solar. No hacen falta más propulsores
que los de posicionamiento para aprovechar al máximo
el impulso del viento estelar de Pentiana.
—Ya, pero ¿quién pone el velero en el
espacio interplanetario?, y ¿quién lo recoge?
—Otras naves... se trata de un experimento, mi prototipo
es de momento inútil, lo reconozco. Pero si tiene éxito
una eventual prueba, quizá en Hangar Norte o en Hangar
Sur alguien le encuentre utilidad en el futuro. —Su
madre meneó la cabeza y le dijo:
—No te hagas ilusiones, Aldebarán. Es probable
que nadie tome en serio tu proyecto cuando lo presentes en
nuestros centros de investigación espacial.
—No desanimes al muchacho, Casiopea.
—No creas que censuro a la ligera lo que ocupa la mente
y el corazón de nuestro hijo, Tauro. Al contrario que
tú, me he informado sobre los últimos proyectos
de investigación en las dos ciudades de Pentiano y
por lo tanto en Hangar Norte y Hangar Sur. Si bien yo no entiendo
de estas cosas, he comprobado que ni aquí, en Ciudad
de las Estrellas, ni en Ciudad Cristal se ha planteado un
proyecto semejante. Ni siquiera aparece en las revistas de
investigación que el profesor Sirius, como sabes eminente
astrofísico y astrónomo, haya escrito acerca
de semejante tipo de nave.
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—No soy muy listo,
madre, al menos no tanto como el profesor Sirius. Tampoco
trabajo en ninguno de esos centros de investigación.
Pero la innovación puede brotar en cualquier lugar,
como una hermosa flor en un estercolero.
—¡No llames estercolero a nuestro hogar, hijo!
—Tauro, no malinterpretes al muchacho. No está
insultando nuestra modesta economía, ni nos echa en
cara su poco brillante formación… ¿no
es así, hijo?
—Así es, mamá. Mi escuela es digna, aunque
no sea la mejor de Ciudad de las Estrellas. Pero de ella pocos
ex alumnos han terminado trabajando en Hangar Norte.
—Es verdad, hijo, pero no renuncies a tu sueño
de trabajar allí. En cuanto termines tus estudios de
Astrofísica y Astronomía, nos pondremos a ello.
—Gracias, papá.
—Muy interesante, Aldebarán. ¡Buen trabajo!
—Gracias, profesor Sirius. ¿Ves alguna posibilidad
de que sea construida?
—Será cuestión de convencer al resto del
Departamento de Astronomía y Astrofísica, lo
cual no es fácil. El principal escollo ya lo has superado.
Gracias a tu empeño y al de tus padres, hace un año
que trabajas en mi Departamento, y has conseguido que eche
un vistazo a tu proyecto. Perdóname por no haberlo
hecho antes.
—Te agradezco mucho, profesor Sirius, que hayas dedicado
unas horas de tu valioso tiempo para examinar mi proyecto.
Puesto que lo apruebas, veo que te parece viable la fabricación
de la nave y llevar a cabo toda la logística necesaria
para probarla en nuestro espacio interplanetario.
—Así es. |
—Pero, ¿cómo es posible que estando de
acuerdo tengas que convencer a tus subordinados?
—Es cierto que soy el Director del Departamento, muchacho,
pero en Hangar Norte las decisiones se toman colegialmente,
por si no lo sabías.
—No lo sabía, señor Sirius. Hasta ahora
me he limitado a trabajar en la Oficina de Proyectos, y solo
he tratado con mi jefe y compañeros.
—En la próxima reunión, estudiaremos la
inclusión o no de tu proyecto en la lista de desarrollos
a implementar.
—¡Gracias, señor Sirius!
—De nada, Aldebarán, tu trabajo es interesante,
y eres uno de los miembros de este Departamento. ¡Tienes
posibilidades, compañero! —La votación
resultó a favor de incluir el proyecto de Aldebarán
en el directorio de proyectos a llevar a la práctica.
Más tarde se decidió que apareciese en primer
lugar.
—¡Enhorabuena, Aldebarán! Esperaba que
lo incluyesen en la lista, ¡pero no el primero!
—¡Oh, mil gracias, profesor Sirius!
—No creas que he influido mucho en la decisión,
todos hemos intentado ser objetivos, como siempre. Por cierto,
la calidad y economía de tu proyecto encandilaron a
Cefeo, el Subdirector. Eso fue decisivo para que ocupase el
primer lugar, por delante de otros proyectos que llevaban
años esperando. —Regresó a casa y comunicó
a sus padres la buena noticia, pletórico:
—… Y dentro de dos años pentianos la nave
Cliperlán, el primer velero estelar de la historia,
será probada en nuestro espacio interplanetario.
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—¡Un beso, Aldebarán!
—¡Y a mí otro, hijo!
—¡Esto se merece un extraordinario en la comida
de hoy! —De postre, Casiopea sacó la tarta que
tenía reservada para el aniversario de su boda, que
celebrarían al día siguiente. En secreto, la
había adornado para que se asemejara bastante a la
proyectada nave de su hijo, también redonda, aun sin
saber entonces si lograría sacar adelante su proyecto.
Por eso resultó perfecta para la ocasión. A
toda prisa y con una sonrisa, ella borró los nombres
de Tauro y Casiopea y puso, a base de una especie de merengue,
dos nombres: Aldebarán y Cliperlán.
—¡Llegó la hora, Aldebarán! Entra
en la cabina, comprueba que todo funciona bien y actúa
según lo previsto. Nosotros nos ocuparemos del resto.
¡Buena suerte, muchacho!
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—¡Gracias
otra vez, señor Sirius! —La puerta de la cabina
se cerró herméticamente. Las escaleras con ruedas
se alejaron de las naves con Sirius de pie en su parte superior.
Cuando llegó a la zona de seguridad más próxima
a las naves, éste las bajó y permaneció
observando con el resto de los Pentianos congregados allí
para ser testigos del evento, entre ellos todos los compañeros
de Aldebarán en el Departamento.
Terminada la cuenta atrás, cuatro naves esféricas
despegaron transportando la plataforma circular de resistente
material plástico a la que estaba anclada el prototipo,
plegado.
Una vez en el espacio interplanetario, a 100.000 Km. de la
superficie del planeta, El prototipo, manejado por Aldebarán,
soltó amarras de la plataforma, que seguía asida
a las naves. Entonces éstas frenaron. Por lo tanto
el velero estelar continuó con el impulso adquirido
en el vacío ingrávido, distanciándose
de la plataforma y las naves. Desde ese momento, las cuatro
cámaras de sendas naves comenzaron a grabar en vídeo
las evoluciones del singular ingenio espacial.
Aldebarán actuó los controles y Cliperlán
inició la lenta maniobra de despliegue de “velas”,
cual si fuera un extraño velero terrícola. Los
anillos metálicos se expandían, concéntricos,
y un resistente y liviano plástico conformaba poco
a poco la enorme superficie necesaria para que el velero estelar
fuese impulsado lo suficiente por la ínfima presión
de la radiación Pentiana.
Nuevas eyecciones de gases de los pequeños cohetes
de posicionamiento… y por fin el enorme conjunto circular
quedó estable. En el centro del enorme círculo
de plástico y aros de metal, estaba la cabina donde
se hallaba Aldebarán, como una araña en medio
de su liviana tela.
—¡Hangar Norte a Aldebarán! —Era
Cefeo quien estaba al habla.
—¡Sí, Hangar Norte!
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—Todo
está siendo grabado por las cámaras. Maniobra
para que Cliperlán se aleje de nuestro planeta. —Los
pequeños cohetes de posicionamiento, distribuidos a
lo largo de los aros, actuaban por instantes aquí y
allá, controlados con armonía por el programa
que diseñó Aldebarán. Un buen rato después,
cesaron las eyecciones de gases. Aldebarán autorizó
al ordenador de a bordo el previsto despliegue de los paneles
fotovoltaicos en la parte trasera de la cabina, los cuales
aseguraban la energía eléctrica necesaria para
la maniobra de toda la nave y el mantenimiento del soporte
vital en la cabina del piloto. El velero estelar estaba en
posición y su estructura era estable, sin ondulaciones
a lo largo de su extensa superficie circular. Sus velas de
resistente plástico estaban siendo empujadas con suavidad
por el viento estelar de la estrella Pentiana.
Diez horas más tarde, la aceleración era de
unos cuantos metros por segundo.
—¡Hangar Norte a Aldebarán!
—¡Sí, Hangar Norte!
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—Han transcurrido diez horas… ¡Cliperlán
ha alcanzado la velocidad prevista!
—¡¡Guauu, lo sabía!!
—Inicie la maniobra de plegado. —Cuando terminó
el lento plegado de sus aros metálicos y velas de plástico,
la atípica nave volvió a adquirir el tamaño
adecuado para acoplarse con la plataforma circular. El conjunto
de las cinco naves regresó a Pentiano.
Ya en Hangar Norte, Aldebarán Escuchó vítores
desde que se asomó por la puerta de su cabina. Permaneció
inmóvil y de pie sobre las escaleras con ruedas, que
se desplazaron hacia donde estaban las personas que lo esperaban.
Desde arriba, saludó a sus padres. Cuando bajó
las escaleras, ambos se abalanzaron sobre su hijo, lo abrazaron
y se lo comían a besos.
—¡Bien hecho, hijo! ¡Felicidades!
—Gracias, papá.
—¡Eres maravilloso, Aldebarán!
—Gracias, mamá. —Su novia no dijo nada;
lo abrazó y besó con ternura.
—¡Esto es solo el comienzo, muchacho! He dado
orden a tu jefe para que te dediques al desarrollo de veleros
estelares durante todo tu horario de trabajo.
—Gracias otra vez, señor Sirius. Debo mucho a
tu apoyo.
—Sobre todo, hijo, debes mucho a tu trabajo, constancia
e inteligencia.
Cliperlán fue desguazado, pues ulteriores desarrollos
de Hangar Norte mejoraron poco a poco en el aprovechamiento
del viento estelar, con menor gasto de energía y costes
de fabricación inferiores.
Pasaron los años. Un hijo de Aldebarán —a
quien puso su mismo nombre— disputó por fin una
carrera junto con otros seis veleros estelares. El suyo también
se llamaba Cliperlán. Los siete pilotos eran jovencísimos.
Eran modelos muy diferentes, que implementaban variadas e
imaginativas formas de aprovechar el viento estelar. Desplegaban
sus “velas” y avanzaban, majestuosos. Competían
en la Iª Copa de Veleros Estelares de la historia de
Pentiano.
Por fin, el anciano Sirius dio la salida pulsando un botón:
—¡Buen viaje, muchachos! ¡Que gane el mejor!
—Treinta horas después, Aldebarán “junior”
ganó la competición ¡por solo unos metros! |
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| Obra
con derechos de Autor original de José Enrique Serrano
Expósito. Catalogada en el registro de la Propiedad
intelectual de Safe Creative.
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