Se lamentaba sin poder amarrar su aflicción. Para ti sólo soy dos
alas que pueden volar. ¡Siento que muero! Es difícil, muy difícil
respirar cuando el corazón duele. Nada me consuela en esta vida
necia. ¡Te suplico amparo y consuelo para este anhelo desesperado!
Sin tomar aliento, siguió cantando mirando las estrellas hasta quedarse
dormida.
Un día, una depresión profunda la invadió y dejó de trinar.
-¡Ay de mí! sufro por un amor imposible.
Había perdido el colorido de su plumaje y cada día estaba más flacucha.
Muy apenado, el gorrión le preguntó a la alondra qué le sucedía,
entonces, ella le contestó:
– Él sigue perdido, como si la tierra se lo hubiera tragado.
– Quimera, te daré el beso que tanto deseas…
Y el mirlo para hacerla sonreír le del dijo:
- Te construiré el nido más grande y hermoso. Compondré una canción
de amor para ti, para que el ruiseñor te la cante.
- ¿Cómo puedes estar enamorada del sol ? ¡él no siente ni padece!
-espetó la urraca.
-¿Y tú cómo lo sabes,has intentado averiguarlo?
La urraca bajó la cabeza sin saber qué responder.
- Yo puedo hacerte feliz – argumentó con ilusión él ruiseñor.
La alondra sonrió tristemente y pensó: Nadie comprenderá jamás mi
quebranto. Soy un laberinto de emociones .
Sus rayos subyugantes iluminaban y endulzaban mi alma amarga; abrigando
mis días.
Cuando llegue el mes de mayo, partiré en su búsqueda.
- ¿Qué dices? ¡Has perdido la cordura! –le amonestó la urraca- Estás
viendo telarañas en el aire.
-No entiendes nada, ¡pobre tonta! ¿De qué me sirve vivir si soy
tan desgraciada?
El palomo, muy preocupado, intentó persuadirla.
- ¡No puedes todos tenemos nuestras limitaciones! Viajar hacia el
cielo es otra cosa ¡ Además, si lo consiguieras ¡que lo dudo!, el
sol te abrazaría.
Enlutada y tan dulce como el aceite de ricino, Quimera se defendió.
-¡Ya basta! No cambiaré de opinión. Sea corta o larga mi vida ¡sólo
es mía! Ahora, dejadme. Estoy cansada de tanto hablar…
Todas las aves alzaron el vuelo de prisa y se fueron a conversar
al palomar. Allí, el águila comenzó a meditar en voz alta:
- Nunca he visto algo parecido. No conozco a ningún ave que crea
en los duendes. Es como empeñarse en ver a una lombriz bailar un
tango.
¡Pobre Quimera, el orgullo y la tristeza la mataran!
La alondra estuvo sumergida en un largo letargo. El sauce llorón
la estuvo protegiendo del frío con sus hojas y las ramas, hizo de
paraguas para que no se ahogara con la lluvia.
La primavera había llegado, pero el cielo seguía oscuro. La alondra
continuaba llorando y el viento no cesaba de lamentarse. Sin pensar
qué le depararía el destino, esperó el anochecer y alzando sus bellas
alas, emprendió el camino hacia las estrellas. A la llegada de la
aurora se posó en la primera nube que encontró. Se abrazó a ella,
tomó aliento y pensó: Ella me sostendrá. Y agotada, se quedó dormida.
El dolor la despertó. Había resbalado y se cayó en un campo de trigo.
Estaba herida, con las alas ensangrentadas. La decepción la invadió,
pero sus ojos se clavaron como alfileres en el cielo. El águila
la encontró y la rescató de la muerte limpiando sus heridas y dándole
cobijo en el nido junto a sus crías. La alondra, asustada, miró
a su alrededor. Se quedó estupefacta: estaba acurrucada con crías
que no eran de su especie. Las miró acongojada, cerró los ojos resignada
y se desmayó. Una vez más, volvió a soñar con una lluvia de estrellas
en un mundo diferente donde no existía el instinto maternal y no
amaban a ningún ser de sangre caliente.
El águila la despertó para alimentarla, ella la miró fijamente y
con un quejido le suplicó que la dejara morir.
- Sólo soy un error de la naturaleza -le dijo-. Mi sueño se ha desvanecido
tan de prisa como la espuma en el mar.
El águila la arropó con su cuerpo sin llegar a comprender por qué
había arriesgado su vida por una estúpida fantasía. Quimera
le suplicó al águila que la cogiera en brazos para poder mirar el
cielo. Sus ojos eran dos espejos que se iluminaron. A través de
ellos, El águila vio cómo un manto de estrellas bajaba del infinito.
Aterrorizada, cogió a sus crías y huyó de la montaña. Llegó hasta
la copa de un árbol donde poder anidar. Estarían más seguros allí
mientras esperaba el amanecer para averiguar lo sucedido.
De repente, el firmamento comenzó a vestirse con sus mejores galas.
Dejó de llover. El viento se apaciguó y las nubes grises fueron
marchándose para darle paso a las estrellas y a la luna llena. Todas
las aves quedaron estupefactas: nunca habían conocido un fenómeno
tan extraño. El frío del invierno se fue alejando como la escarcha
al amanecer. Los árboles comenzaron a vestirse con sus hojas y flores.
El bosque se vistió de verde y todas las florecillas silvestres
comenzaron a brotar. El aroma de la menta y el poleo, el canto de
la cigarra y el grillo puso en alerta a todos los animales de que
la primavera había llegado.
El águila voló de nuevo hasta la montaña para rescatar a Quimera,
pero se quedó desolada: el nido estaba vacío. La congoja la arrastró.
Muy preocupada, alzó el vuelo tomando altura sin pensar que iba
camino hacia el cielo.
Llegó a la primera nube y de repente escuchó el canto de una alondra.
Dislocada, buscó por todas partes pero solo veía estrellas. Siguió
el sonido de los trinos y se quedó anonadada.
- Amiga, soy yo.
-¡No puede ser! ¿Cómo puedes cantar como ella? –dijo el águila enfadada-
. Sólo Quimera trinaba así y tú no eres más que una vulgar estrella.
-Pero... ¿qué dices? Ella es una bella alondra. Perdona, creo que
estoy perdiendo la cordura. ¿Qué insinúas?
- ¡Soy yo! Me han regalado un cuerpo nuevo. Ahora soy una estrella
cantora y estoy feliz. ¡ al lado Vivo de mi amado! Cada anochecer
le veo y le canto una nana y con mis trinos se queda dormido al
lado mío.
El lucero del alba se acercó al dulcemente águila y le contó el
cuento de la estrella malvada.
Lucía se quedó tan embelezada que decidió apoderarse del cuerpo
de Quimera para convivir con los seres vivos. Su egoísmo no la dejaba
ver más allá de sus propias puntas. Quimera era dichosa hasta que
ella se adueñó de su cuerpo. Pero la leyes del firmamento son tan
sabias que a cada cual le pone en su sitio. Ahora la alondra vive
al lado de su amado. Es un hermosa estrella y Lucía, solo es un
astro invisible que necesita escuchar el canto de la alondra cada
noche para poder sobrevivir en el infinito. Si no, caerá sobre ella
la maldición del universo.
-¿Qué le sucedería? -le preguntó el águila al lucero.
– Lucía viviría eternamente en la tierra. Se transformaría en un
espíritu errante buscando solo el camino hacia la luz, pero jamás
lo encontraría pues ha sido maldecida y condenada. Viviría eternamente
en la oscuridad por no haber valorado su existencia y envidiar la
de los demás.
El águila se despidió de Quimera y contenta partió hacia la tierra
derecha al palomar a contarles a sus amigos el cuento de la envidia,
lo mala que puede ser esa enfermedad cuando se apoderaba de la salud
de los seres vivos. |