EL
RELOJ DE PARED |
La tetera comenzó
a chillar indicando que el agua ya había hervido. Nilda
Olsen, vestida sólo con una pollera larga verde y una
camisola blanca, se acercó con paso rezagado hacia
la pequeña cocina y apagó el fuego. Ató
su canoso cabello con una liga y preparó dos tazas
de café calientes. La sosegada noche sombreaba sus
primeros brillos y una silenciosa balada perfilaba el ritmo
de la luna. Se rascó la nuca y largó un bostezo.
Acababa de levantarse y aún se encontraba en ese punto
donde uno aún está tanto medio dormido como
medio despierto. Sirvió
unas galletas en un plato y llevó todo para el living
principal. Un hombre de avanzada edad observaba la negrura
de la noche desde el ventanal, con ambas manos detrás
suyo y un pequeño vaivén en el cuerpo. |
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– ¿Hay tiempo para un café? –
preguntó el individuo al escuchar pasos detrás
suyo, pero sin voltear.
– Claro. Hay tiempo –respondió ella–.
Ya está hecho.
Se sentaron uno frente al otro en la mesa de vidrio y Nilda
apoyó la bandeja con cuidado mientras observaba de
reojo un trozo de papel. Allí estaba la carta…
nuevamente. Alberto había vuelto a leerla, dedujo
Nilda. Ella tampoco podía dejar de pensar en esas
palabras desde el momento que la carta había aparecido
en su correo una semana atrás. Esa maldita hoja amarillenta
y desgastada, escrita a mano pero con una caligrafía
excelente, que había anunciado su llegada.
– ¿Una galletita, Alberto? – le ofreció
la señora Olsen.
– Sí, gracias. Voy a tomar una –dijo
él, acomodando la acción a la palabra–.
¿Podrás alcanzarme el azúcar también,
querida?
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Nilda lo hizo con una media sonrisa y ambos tomaron su
bebida en un incómodo silencio, cada uno esperando
que el otro comenzara la postergada conversación.
Varias cosas de su marido irritaban a la señora Olsen.
Por ejemplo, su voz ronca producto del cigarrillo que nunca
pudo dejar. O el hecho de que, con sus 73 años de
vida… ya había empezado a olvidarse muchas
cosas como fechas importantes, citas y mandados. Pero con
tantos años de matrimonio, lo que aún más
le irritaba (y nunca dejaría de hacerlo) era que
Alberto se preocupara tanto por ella. Lo veía en
sus ojos, en toda la expresión de su cara. Él
tenía miedo, estaba terriblemente asustado y nervioso.
Nilda reconoció ese miedo justamente porque también
se encontraba aterrorizada.
Una ráfaga de viento azotó la ventana y Nilda
finalmente acompañó un movimiento corporal
hacia adelante con una pregunta:
– ¿A qué hora dijo que venía?
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Alberto la siguió observando con expresión
de lejanía y dobló su cuello para observar
un reloj de pared que colgaba detrás de la puerta
de entrada a la casa. Marcaba la hora exacta con unas finas
agujas de oro y acompañándose con un dócil
meneo del péndulo. El reloj era alemán; había
sido de su padre y antes de su abuelo. Estaba totalmente
fabricado en madera, con algunos decorados en plata, y tenía
más de cien años en la familia.
– Dentro de diez minutos, más o menos –
respondió él.
– ¿Creés que va a venir a tiempo?
Alberto Olsen asintió y balanceó su cabeza
de manera insegura sobre su cuello delgado.
– Siempre llega a tiempo – fue la vaga respuesta.
Nilda bajó la mirada con timidez mientras sostenía
su taza de café a medio terminar.
– No sé si quiero que venga.
– Lo sé… lo sé…
– ¿Te acordás la primera vez que nos
conocimos? Fue hace 65 años.
Alberto esbozó una débil sonrisa, la primera
de la noche, y logró arrancarle una a Nilda también.
– ¡En la feria, claro! Habías ido con
tus padres y yo con los míos. Nos subimos todos juntos
a la montaña rusa y vos tenías tanto miedo
que tomaste mi mano.
– ¡Tenía solo 8 años! –
dijo Nilda jovialmente –. Claro que iba a tener miedo.
– Esa noche, mientras descendíamos prácticamente
en caída libre y todo el mundo gritaba, yo no escuchaba.
Había mucha música alrededor, pero en mi mundo
reinaba un profundo silencio. Nunca me había sentido
tan hechizado en mi vida. Estabas hermosa Nilda, con esos
rizos dorados que jugueteaban con el viento y esos ojos
cerrados por el susto. Podría haberte observado toda
la noche.
Revolver el pasado provocó una incómoda melancolía
en ambos que los acorraló. La señora Olsen
esperó. Jugueteo unos segundos con su taza, volvió
a alzarla y dijo:
– Pero no nos volvimos a ver por otros 5 largos años.
– Nunca te olvidé… – expresó
Alberto rápidamente, como si necesitara justificarse.
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– Cuando nos reencontramos – prosiguió
Nilda, haciendo caso omiso al comentario de su esposo –
yo ya ni te recordaba. Era el primer día de la escuela
secundaria. Se me había abierto la mochila y todos
mis útiles estaban desparramados por el suelo del
pasillo. Muchos chicos pasaron riéndose, menos vos…
Ahora ambos se miraban con intensidad. Se miraban y sonreían.
Sonreían dulcemente con los labios, la nariz, los
ojos. Sonreían con toda la cara, como los niños
de 8 años que alguna vez habían sido.
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– Te ayudé a levantarlos y cuando te vi no lo
podía creer. Era la misma niña de la feria…
pero ahora estabas más alta y mucho más bella.
Ya eras una mujercita… y solo con tu blanca sonrisa
y ese tímido “¡Gracias!” me hechizaste
una vez más.
– Nos volvimos amigos durante 6 meses – dijo ella
– ¡éramos inseparables! Montábamos
en bicicleta, subíamos a aquel árbol…
¡Oh, el árbol! ¿Te acordás, Alberto?
Alberto bebió un nuevo sorbo de café y expresó
atropelladamente:
– ¡Pero como no me voy a acordar! Si fue en ese
mismo árbol donde nos dimos nuestro primer beso. Recuerdo
que era un atardecer divido de colores anaranjados, rojizos
y amarillos... habíamos estado hablando por horas y
yo finalmente tomé coraje. Todavía recuerdo
el sabor, la calidez… aún 50 años después.
Fue tierno; digno una película de amor.
– Nos quedamos abrazados un buen tiempo más,
hasta que se hizo de noche – recordó Nilda con
nostalgia –. Era nuestro refugio… nuestro hogar.
Nilda hizo un silencio de pronto y su rostro se oscureció
por completo.
– Hasta qué…
– Sí… hasta que lo talaron – completó
la frase Alberto –. Y lo peor de todo es que fue la
empresa constructora de mi padre la responsable.
– Te odié por meses. No podía perdonarte,
ni quería. Lloré todo un río.
– Y yo hice todo lo posible para que me perdonaras,
pero ni siquiera te dignabas a hablarme. ¿Fue un poco
exagerado, no? – bromeó Alberto y de pronto recordó
lo que seguía –. Y luego nos volvimos a separar…
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– No
le alcanzó a tu padre con sacarnos el árbol.
Te mudaste a otra ciudad y no nos volvimos a ver por…
¿cuánto? ¿5 años más?
– 7, Nilda… – la corrigió Alberto
–. 7 eternos años. Mi papá había
conseguido un trabajo en una empresa metalúrgica y
era una oportunidad única; tuvimos que irnos todos
con él. Nos reencontramos de casualidad en la Universidad,
pero tenías un novio que seguro recordarás:
capitán del equipo de fútbol, rey de toda la
facultad.
– Un idiota… – comentó Nilda entre
risas.
– Sí, me hizo la vida imposible durante mucho
tiempo. Él estaba convencido de que yo era un peligro
para tu relación – respondió Alberto con
cierto orgullo. |
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– ¡Y lo eras! Pero cuando finalmente me di cuenta
de lo mucho que te extrañaba conociste a Mariana. Y
sin verlo venir, de un momento a otro… te casaste.
– Y me divorcié, luego de 5 o 6 años de
matrimonio. Supongo que no éramos el uno para el otro.
Para ese entonces ya tenía 29 años, una carrera
y toda una vida por delante, pero estaba solo. Te busqué
por mucho tiempo sin éxito.
Alberto y Nilda se acercaron finalmente una a otro y se tomaron
de las manos. Él la observaba tan enamorado como la
primera vez. Los ojos de ella se habían vuelto vidriosos,
como si ya no pudiera contener la amargura.
– Y yo también te busqué… me había
llegado la noticia de tu divorcio y me dolió, pero
una parte de mí también se alegró pensando
que finalmente íbamos a poder estar juntos. El problema
era que…
– Ninguno de los dos sabía cómo encontrar
al otro – completó la frase Alberto –.
Y el tiempo pasó volando… ¿Cuántos
años más fueron…? ¿3, 4? Ya perdí
la cuenta.
Nilda suspiró profundamente e hizo el cálculo
en su mente:
– Un poco más de hecho… fue en 1973. Teníamos
33 o 34 años cuando volvimos a vernos en una feria
que se había montado en la ciudad. ¿Quién
lo habría dicho? Cuando te reconocí mi corazón
di un vuelco. Yo había llevado a mis sobrinos y vos
a tu ahijado. Nos dirigimos todos a la misma montaña
rusa y ahí estabas… igual que cuando teníamos
8 años.
– ¡Pero un poco más gordito! – dijo
Alberto en broma –. No necesitamos decir nada…
las palabras sobraban aquella noche; sólo nos miramos
y sonreímos. Recuerdo que no sabía si esos chicos
con los que estabas eran siquiera tus hijos, no me importó.
– Nos subimos a la montaña rusa y te mencioné
(con picardía, si puedo agregar) que tenía miedo.
Tomaste mi mano y nunca más la soltaste.
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Los ancianos
seguían tomados de las manos como dos vigorosos adolescentes,
apasionadamente enamorados. Alberto apretó suavemente
la delicada mano derecha de Nilda (la que tenía el
anillo de compromiso) y pensó en el tiempo que había
pasado con tanta furia, como una tormenta. Las manos de Nilda
estaban arrugadas por la vida, pero ella seguía siendo
maravillosamente encantadora, nunca había dejado de
serlo.
De pronto, Nilda cambió la expresión de su cara
y miró directamente al reloj de pared, aquella antigua
reliquia colgada justo detrás de la puerta principal
que daba siempre la hora exacta. Con tantos lindos recuerdos,
lo había olvidado por completo: faltaban sólo
2 minutos para su llegada.
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La desesperación de Nilda se hizo más que evidente:
– No quiero irme Alberto, no quiero que nadie venga
a buscarme. Hemos vivido una vida llena de felicidad. ¿Tenemos
tiempo? ¿Hay algo que podamos hacer?
Nilda se levantó de su asiento y comenzó a caminar
en círculos con pasos irregulares. Alberto se mantenía
imperturbable en su silla.
– Él es muy puntual, no creo que haya forma de
evitarlo. Tampoco quiero que venga a buscarte, me gustaría
estar así por siempre… seguir disfrutándote
como en los últimos 30 años.
– Nuestros hijos van a estar devastados. ¡Oh,
mis queridos niños! Y mis nietos… ¡Oh,
Dios! ¿Por qué tan pronto? ¿Deberíamos
haberles dicho? Merecen saber que no van a volver a verme…
– ¡Ojalá pudiera acompañarte!
Había una inquebrantable manifestación de tranquilidad
en Alberto que inundaba su rostro.
– ¡Nunca! – respondió secamente Nilda
–. Necesito que estés acá para contarles
a todos lo dichosa que fui, lo mucho que amé. Nos hemos
encontrado innumerable cantidad de veces… y lo vamos
a volver a hacer. Creeme.
Nilda no había terminado la frase cuando el timbre
sonó, provocando que su corazón casi explotara
en su pecho. Nilda no pudo contener más el llanto y
explotó en lágrimas.
– ¡No dejes que me lleve Alberto por favor, no
lo hagas! Podemos tener algo más de tiempo… ¿un
último café? Daría todo por una hora
más con vos, mi casa, mi auto… todo mi dinero.
Mi ropa, mis libros…
Alberto se levantó de su asiento y envolvió
el cuerpo de su compañera con el suyo, en un cálido
intento de consuelo. Sus cuerpos permanecieron así:
inertes y exactamente en la misma posición. Tras unos
minutos, y sin quererlo, él también comenzó
a sentir el gusto salado de las lágrimas que rodaban
por sus mejillas.
– Tranquila… todo va a ser muy rápido.
Tranquila mi niña.
Alberto también había empezado a llorar en serio.
Cerró sus ojos y visualizó la montaña
rusa, el árbol donde se besaron. Las idas y vueltas,
el reencuentro. Casamiento. Hijos. Nietos. Toda su vida pasó
velozmente por su mente como un tren bala.
– Deberías ir a abrir – dijo él,
finalmente. Se levantó de su asiento y caminó
discretamente hacia el reloj de pared.
Nilda comenzó a dirigirse, con desgano, hacia la puerta
mientras se limpiaba la cara con un pañuelo. Sólo
pensaba el Alberto, el hombre al que se había entregado
como a nadie más. Él había sido su mejor
amigo, el que mejor la conocía. Habían intercambiado
secretos y canciones. Ella se había entregado a él
porque era suyo; y le gustaba pensar que siempre lo sería…
aunque tuviera que marcharse.
Un nuevo timbre en la puerta arrancó a Nilda de sus
pensamientos y la trajo de nuevo a la tierra. Desahuciada,
se acercó al umbral e hizo girar el pomo.
– Sr. M, buenos noches. Lo estábamos esperando
– expresó con una sonrisa forzada.
Se trataba de un muchacho de unos 30 años y buena apariencia.
Vestía un traje blanco y lucía una afeitada
al ras perfecta. Tenía los ojos más azules que
alguna vez ella hubiera visto y se apoyaba en un bastón.
Ciertamente, no era el estilo de persona que esperaba encontrar,
pero era él: de eso no había duda.
– Siempre lamento estas visitas – expreso él
con sincera humildad –, pero en su caso la lamento aún
más. Sra. Olsen. Ha tenido una vida digna y magnífica,
simplemente deliciosa. Me da mucha pena que tenga que acompañarme
con tan poco tiempo de aviso.
Nilda lo observaba en silencio sin saber que decir. El hombre
mantenía una postura formal, hacía ademanes
con su mano izquierda y mantenía la derecha en su bolsillo.
– Una semana es muy poco tiempo, lo sé –
admitió –. Ni siquiera un año sería
aviso suficiente.
– Sr. M pase, pase… – se animó a
musitar ella –. Dígame, ¿tenemos tiempo
para una última taza de café?
– Me temó que no, Nilda. Tengo una agenda apretada
– mencionó mientras entraba a la casa.
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Fue
entonces cuando sucedió.
El joven no lo vio venir hasta que fue demasiado tarde. Alberto
desató su furia contra la nuca de su invitado. Había
tomado sigilosamente el reloj de pared y se había ubicado
detrás de la puerta, esperando el momento adecuado.
Ahora, el Sr. M yacía inconsciente en el suelo.
– Lamento no poder estar de acuerdo con usted. Siempre
hay un poco más de tiempo – expresó él
con ironía.
– ¡Alberto! ¿Qué hiciste? ¿Te
volviste loco? – reprochó Nilda.
– Hice lo que tenía que hacer.
Nilda Olsen observó con cierta preocupación
al hombre que se la iba a llevar y se tomó unos segundos
para elaborar una respuesta adecuada. Finalmente, con una
debilísima inflexión, dijo:
– Va a estar enojado cuando despierte… ¿pongo
el agua a calentar?
Alberto sonrió con picardía y le dio un beso
a su esposa en la mejilla.
– Sí, y trae más galletitas. Mientras
tanto voy a volver a colocar el reloj de pared en su sitio.
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