Amanecer
y darte cuenta de que apenas has dormido. Me duelen los huesos.
Nadie a tu lado donde siempre la mano encontraba un límite.
Me estiro, mis extremidades se separan del torso y tomo conciencia
de la soledad. No sé qué es la soledad. Quedarse
sola es tomar conciencia de tu esencia. La mirada se torna
hacia el interior. Eres tú contigo misma. No sé
quién soy. Sé cómo soy. Lo que no soy.
Eso no es soledad. Soledad es un nombre de mujer. Una Virgen.
La Soledad es una procesión de los católicos.
Recuerdan la muerte. La soledad es la falta de comunicación.
No existe el lenguaje. Soñar es un lenguaje. Sueño
con la última imagen que veo. Nunca con mi último
pensamiento, pero el pensamiento es la suma de imágenes.
Me quedo inmóvil, presiono mis huesos, los movilizo
y mis manos repasan mi esqueleto. Me gusta palpar los huecos
de mi calavera donde se asientan los globos oculares. Abro
la mandíbula y me asusto ante el pensamiento de mi
propia autoexploración. Veo la imagen de mí
muerta. Dejo pasar el pensamiento. Cierro los ojos y alargo
el momento, inmóvil. Así puedo volver al sueño.
Solo una vez estuve entre vigilia y sueño. Era un espacio
de color naranja. En mi infancia construí mentalmente
los días de la semana de colores. Aprendí a
sumar con las regletas de madera coloreadas. La número
siete era negra. En mis siete días de la semana no
existe el naranja.
He soñado con la babosa que vi ayer. La babosa me produjo
asombro por su color negro. En la ciudad nada me asombra.
Solo el silencio. En la naturaleza el silencio permite la
mirada sobre los colores. La babosa no tiene esqueleto. No
conoce el dolor. No le duelen los huesos. El dolor me hace
tomar conciencia de la salud. Es el negativo que revela la
salud. El desamor duele. Es el negativo del amor. La babosa
es hermafrodita. Se ama a sí misma. Para amar a otro
hay que amarse antes a sí mismo. Solo desde ese lugar
es posible el amor sano. El amor duele para saber que existe.
He descubierto el insomnio, el dolor de huesos y a la babosa
negra. Eso es el asombro. La babosa naranja no me asombra.
Es mi memoria. Es mi infancia bajo las hortensias azules
y rosas rojas debajo del hórreo negro. Ninguno de
los días de mi semana son hortensias. La babosa naranja
ponía color a los días nublados y de lluvia.
Era el asombro del primer paisaje descubierto. Era la huella
de lo que marcaría después mi forma de mirar
el paisaje. Era la calidez luminosa y esperanzadora de un
prado verde rebosante de agua y un cielo gris cayendo en
el horizonte de un mar oscuro. La babosa naranja era la
celebración de la fantasía que empezaba a
despertar. La pinchaba con un palo negro y se retorcía.
Como yo me estiro ahora cuando me despierto y apenas he
dormido. El palo negro era la regleta del siete sobre el
naranja y el acrecimiento del asombro, la suma a la conformación
de mi identidad. No sé quién soy. Sé
cómo soy. Soy la huella de la babosa naranja en el
paisaje verde y de niebla.
He soñado con la babosa negra. Pienso en mi rescate
por Freud. Dejo pasar el pensamiento. La babosa negra la
vi en la montaña. Estaba en un camino entre brezos
en flor y margaritas silvestres. Pensé que era un
enorme palo negro. Me acerqué y descubrí que
eran dos babosas negras unidas. Recordé la regleta
negra del siete. Pero eran la suma del dos. Y el palo negro
con el que pinchaba a la babosa naranja en mi infancia.
Ahora comprendo que la naranja tenía que ver con
la poesía. Era la imagen transformadora de la emoción.
Su movimiento era rítmico y modificaba el ánimo,
con su imagen construía mi propia emoción.
Así es la poesía. Lenta y luminosa como la
babosa.
La babosa negra no es poesía. Es mimetismo. Es la
ocultación en la forma errónea.
Mientras duermo y sueño con la babosa negra, ella
se desplaza lentamente durante la noche. Va dejando su rastro
de plata, su caligrafía brillante en la oscuridad
del camino húmedo. Cuando despierto se oculta en
los lugares húmedos. Ella tiene su propio lenguaje,
no está sola. Se comunica. En realidad son dos. No
recuerdo el color de la regleta del dos. El martes es el
día dos de la semana. Nunca he sabido por qué
lo construí mentalmente amarillo. Es el color de
las margaritas silvestres de la montaña.
Recuerdo que los escarabajos matan a las babosas. El escarabajo
podría matar mi insomnio. Gregor Samsa se transforma
en un insecto parecido al escarabajo. Kakfa no quiso que
matara a ninguna babosa. El escarabajo es el amuleto sagrado
en Egipto. Representa al sol naciente y es el símbolo
de la resurrección. Cuando sale la Soledad en procesión
es viernes. El viernes es gris en mi semana. Celebran que
el domingo el hijo de la Virgen de la Soledad resucitará.
En Egipto la resurrección es el escarabajo. Da protección.
Quiero un escarabajo naranja que mate a la babosa negra,
que elimine mi insomnio, el dolor de los huesos. Ahora escribo
sobre una tela con manzanas naranjas, casi rojas como la
regleta del dos, con rabos negros como la regleta del siete.
La semana tiene siete días y el siete es el número
de la espiritualidad y la sabiduría.
¿Y si en realidad fuera una babosa negra y la exploración
de mi calavera fuera ese espacio naranja entre la vigilia
y el sueño? Me levanto, abro La Metamorfosis y me
abandono a la lectura a la que siempre vuelvo. Como a la
memoria de la infancia.