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relato de Alicia Aza

AMANECER Y DARTE CUENTA DE QUE APENAS HAS DORMIDO




Amanecer y darte cuenta de que apenas has dormido. Me duelen los huesos. Nadie a tu lado donde siempre la mano encontraba un límite. Me estiro, mis extremidades se separan del torso y tomo conciencia de la soledad. No sé qué es la soledad. Quedarse sola es tomar conciencia de tu esencia. La mirada se torna hacia el interior. Eres tú contigo misma. No sé quién soy. Sé cómo soy. Lo que no soy. Eso no es soledad. Soledad es un nombre de mujer. Una Virgen. La Soledad es una procesión de los católicos. Recuerdan la muerte. La soledad es la falta de comunicación. No existe el lenguaje. Soñar es un lenguaje. Sueño con la última imagen que veo. Nunca con mi último pensamiento, pero el pensamiento es la suma de imágenes.
Me quedo inmóvil, presiono mis huesos, los movilizo y mis manos repasan mi esqueleto. Me gusta palpar los huecos de mi calavera donde se asientan los globos oculares. Abro la mandíbula y me asusto ante el pensamiento de mi propia autoexploración. Veo la imagen de mí muerta. Dejo pasar el pensamiento. Cierro los ojos y alargo el momento, inmóvil. Así puedo volver al sueño. Solo una vez estuve entre vigilia y sueño. Era un espacio de color naranja. En mi infancia construí mentalmente los días de la semana de colores. Aprendí a sumar con las regletas de madera coloreadas. La número siete era negra. En mis siete días de la semana no existe el naranja.
He soñado con la babosa que vi ayer. La babosa me produjo asombro por su color negro. En la ciudad nada me asombra. Solo el silencio. En la naturaleza el silencio permite la mirada sobre los colores. La babosa no tiene esqueleto. No conoce el dolor. No le duelen los huesos. El dolor me hace tomar conciencia de la salud. Es el negativo que revela la salud. El desamor duele. Es el negativo del amor. La babosa es hermafrodita. Se ama a sí misma. Para amar a otro hay que amarse antes a sí mismo. Solo desde ese lugar es posible el amor sano. El amor duele para saber que existe.

He descubierto el insomnio, el dolor de huesos y a la babosa negra. Eso es el asombro. La babosa naranja no me asombra. Es mi memoria. Es mi infancia bajo las hortensias azules y rosas rojas debajo del hórreo negro. Ninguno de los días de mi semana son hortensias. La babosa naranja ponía color a los días nublados y de lluvia. Era el asombro del primer paisaje descubierto. Era la huella de lo que marcaría después mi forma de mirar el paisaje. Era la calidez luminosa y esperanzadora de un prado verde rebosante de agua y un cielo gris cayendo en el horizonte de un mar oscuro. La babosa naranja era la celebración de la fantasía que empezaba a despertar. La pinchaba con un palo negro y se retorcía. Como yo me estiro ahora cuando me despierto y apenas he dormido. El palo negro era la regleta del siete sobre el naranja y el acrecimiento del asombro, la suma a la conformación de mi identidad. No sé quién soy. Sé cómo soy. Soy la huella de la babosa naranja en el paisaje verde y de niebla.
He soñado con la babosa negra. Pienso en mi rescate por Freud. Dejo pasar el pensamiento. La babosa negra la vi en la montaña. Estaba en un camino entre brezos en flor y margaritas silvestres. Pensé que era un enorme palo negro. Me acerqué y descubrí que eran dos babosas negras unidas. Recordé la regleta negra del siete. Pero eran la suma del dos. Y el palo negro con el que pinchaba a la babosa naranja en mi infancia. Ahora comprendo que la naranja tenía que ver con la poesía. Era la imagen transformadora de la emoción. Su movimiento era rítmico y modificaba el ánimo, con su imagen construía mi propia emoción. Así es la poesía. Lenta y luminosa como la babosa.
La babosa negra no es poesía. Es mimetismo. Es la ocultación en la forma errónea.
Mientras duermo y sueño con la babosa negra, ella se desplaza lentamente durante la noche. Va dejando su rastro de plata, su caligrafía brillante en la oscuridad del camino húmedo. Cuando despierto se oculta en los lugares húmedos. Ella tiene su propio lenguaje, no está sola. Se comunica. En realidad son dos. No recuerdo el color de la regleta del dos. El martes es el día dos de la semana. Nunca he sabido por qué lo construí mentalmente amarillo. Es el color de las margaritas silvestres de la montaña.
Recuerdo que los escarabajos matan a las babosas. El escarabajo podría matar mi insomnio. Gregor Samsa se transforma en un insecto parecido al escarabajo. Kakfa no quiso que matara a ninguna babosa. El escarabajo es el amuleto sagrado en Egipto. Representa al sol naciente y es el símbolo de la resurrección. Cuando sale la Soledad en procesión es viernes. El viernes es gris en mi semana. Celebran que el domingo el hijo de la Virgen de la Soledad resucitará. En Egipto la resurrección es el escarabajo. Da protección. Quiero un escarabajo naranja que mate a la babosa negra, que elimine mi insomnio, el dolor de los huesos. Ahora escribo sobre una tela con manzanas naranjas, casi rojas como la regleta del dos, con rabos negros como la regleta del siete. La semana tiene siete días y el siete es el número de la espiritualidad y la sabiduría.
¿Y si en realidad fuera una babosa negra y la exploración de mi calavera fuera ese espacio naranja entre la vigilia y el sueño? Me levanto, abro La Metamorfosis y me abandono a la lectura a la que siempre vuelvo. Como a la memoria de la infancia.

Texto en prosa poética de mi último poemario Al final del Paisaje

Relato seleccionado por la poeta y narradora © Alicia Aza, para su publicación en la revista mis Repoelas:

RELATO: Amanecer y darte cuenta de que apenas has dormido


Lindes


 


Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras