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APOCALIPSIS DEL ACANTILADO

Nadie come naranjas
bajo la luna llena.

F.G.L.

 

Derruiré las columnas de Hércules
en la cama de un triste motel,
entre tu abrazo y qué mal sabes,
donde caben aquellos suicidas leves,
se cubren sus alados sexos breves.

Arderán las ciudades, en que retumba,
(así nacen, así mueren) glaucas,
nuestra desesperada necesidad
de portar en las manos la replica
y en el dedo pulgar, las quemaduras.

Reventaré la luz que resplandece
de tu simple mirada, que acaece
de cada flor de olivo que renace
prendida en la solapa y reverdece
en el pico del cuervo que perece.

No es amor lo que emerge
en cada beso leve
que eyaculo breve
de mi agónico semen
a tu rostro de muerte,
mi niña adolescente.

No me quedo contigo
en este carcelario castigo
que guarda el postigo
de esta alma que extraigo
con un leve respingo.

Contemplaré ese fin de los olivos,
un reflejo en tus ojos agresivos.
Pedernal que lo incendia, tan lesivo,
nuestra lujuria ardiente, sorpresivo.

Somos sólo los puntos suspensivos.

La vida, se escondió en tu iris surgente,
la locura inocula tan intensa
de notas silenciosas en falsete
que de aquel pentagrama se condensan
o yacen sin su máscara, se aferra.

Al abrirme los ojos
se diluyó entre mis dedos
derretida en pomada.

Selección de poemas escogidos de © José Manuel Prado Antúnez, cedidos amablemente por el autor, para su publicación en la revista mis Repoelas:






Razón del exilio

Apocalipsis del acantilado


 


Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras