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Ya
no tiene sentido la normalidad, ha llegado el momento de los
disturbios espirituales, de cortar la calle con macetas, plantar
magnolios en las autopistas, arruinar el futuro sembrando
esperanzas, poner comas entre sujeto y predicado, correr de
espaldas palpando el presente, subir de dos en dos las escaleras,
abrir de par en par las ventanas de los viejos aposentos modernos,
vaciar las estanterías metálicas.
Acudir silbando a la biblioteca, enarbolar banderas transparentes
que no nos amordacen los ojos, sorprendernos abrazados al
paria, al que vino de lejos, a la prostituta, matar de risa
al desamor, ir a la oficina de empleo cantando a Puccini,
pagar la ópera con la cartilla del paro, recitar poesía
desde el patíbulo, construir con firmeza en las nubes.
Cada noche, soñarse escondido en el jardín,
ignorando elecciones generales, tarjetas de crédito...
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