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Hay
cada mañana una mujer María que se sienta al
borde del abismo de su cama, mira hacia abajo antes de saltar,
duda sin remedio de si irá al trabajo
Hay cada tarde un hombre Manuel que se sienta cansado en un
banco del gimnasio, mira su contorno que no cede, piensa en
sacar mañana todo su dinero e irse
Hay también cada mañana un joven Raúl
que coge sus libros para ir al instituto, mira con ojos dormidos
el desorden de su mesa, encuentra el cedé que le gustaría
quedarse a escuchar
Hay cada atardecer una abuela Cipriana que abandona con paso
cansado el cementerio, mira con envidia la tumba del marido,
siente que pronto se liberará de su pesado cuerpo.
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