Ana hace a un lado el silencio
y tapa sus suicidios con un pedazo de papel donde hay un
verso.
Lo arrastra a su querencia para enseñarle
lo bien que pueden hacer sus palabras
y lo que hay arriba de sus cicatrices.
La ternura acumulada acaba por desbordarse,
ella le pide prestado cuaquiera de sus insomnios,
unos minutos de su gesto cuando disfruta,
una que otra carcajada, algunas de sus canciones favoritas
y tiempo en la ventana por donde ve llover.