Dibujaba una estela
la luz en el mar.
Apenas un instante, enfebrecido.
Y ahora, lúcido y radiante.
Ponga rumbo libre, maestro!,
le grité al timonel.
Me miró el patrón, sonreía.
Era Dios quien
manejaba el barco,
nos acercábamos ya
a Puerto Claridades…
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