LA ORDEÑA
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Mamá estaba ordeñando
en el establo cuando Perico llegó del Colegio de Bachilleres.
No era común verlo a esas horas, ya que salía
de clases a las ocho de la noche y apenas eran las seis de
la tarde. Pero mamá no le preguntó nada; si
salió temprano sería porque no tuvo clases.
Cuando Perico llegaba a la hora normal, la encontraba sentada
en la cocina zurciendo calcetines o medias de futbol de él
con un huevo de madera. El muchacho se acomodaba en una silla
en el rincón más cercano al calor de la estufa.
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Mamá
le preguntaba por los estudios y se levantaba a servirle café,
y él se ponía a hablar de sus maestros, de sus
amigos ricos y de las muchachas de moda, del carro que iba
a comprar ahora que fuera licenciado, de los lugares adonde
la iba a llevar a pasear, de la casa que le iba a construir...
Mamá lo escuchaba ávida de sus palabras, rebosante
de orgullo, dando gracias a Dios que le había dado
un hijo tan tesonero.
—Vas a llegar muy alto Perico —le decía.
Lo acompañaba a estudiar hasta tarde, cabeceando, nomás
por el gusto de estar con él y para que a él
no le diera sueño. Así lo había acompañado
desde que murió papá. Sacaba sus cigarros Casinos
y encendía uno en la flama de la estufa. |
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—Vacía esta cubeta en el bote grande —le
dijo sin mirarlo, resignada a tener que hacerlo por sí
misma. A Perico no le gustaba ensuciarse en el establo ni
ayudar en nada. Mamá lo dejaba flojear porque al cabo
no iba a dedicarse a eso. Sin embargo esta vez Perico le dijo
que sí; puso sus libros en un banquito de ordeña
y recibió la cubeta llena de leche. Luego, mientras
ella volvía a llenarla, quitó sus libros del
banquito y se sentó en él. |
—Mamá
—le dijo.
Ella no le contestó, pero el muchacho se dio cuenta
de que le había oído.
—Mamá, ¿no le gustaría enseñarme
a ordeñar?
Ella no le contestó. Siguió haciendo su trabajo.
Perico se sintió incómodo y volteó para
otro lado. Pasando las bardas el monte comenzaba a ensombrecerse.
—Mamá, quiero hablar con usted en serio. ¿No
le gustaría que yo le ayudara con las vacas? Es mucho
trabajo pa usté sola.
Ella le pasó otra vez la cubeta llena de leche y, cuando
el muchacho se la devolvió, le dijo:
—Órale pues, ayúdame. Llévate esta
vaca al corral y tráeme la otra. Me la amarras aquí
mismo.
Perico hubiera querido no empezar tan pronto, pero obedeció.
Mamá pensó que ya era mucho comedimiento, viniendo
de él.
—¿Quieres que te dé dinero?
—No, mamá, si fuera eso se lo hubiera pedido
luego.
—Entonces, ¿qué mosca te picó?
—Quiero ayudarle, ma.
—Ya me ayudarás cuando termines tu carrera. Te
voy a dar un cinturón que era de tu papá pa
que me lo rellenes de oro.
—Uuh, ma, con una carrera no se hace uno rico.
A mamá empezó a cambiarle la cara. Perico tenía
las rodillas cubiertas de moscas verdes, y los zapatos, esmeradamente
boleados por la mañana, se los había ensuciado
de estiércol.
—¿De veras es para usté tan importante
que yo estudie?. |
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Perico no pudo aguantarse
más las ganas de fumar y sacó un cigarro. Iba
a encenderlo cuando mamá se lo botó de un manazo.
—Delante de mí no fumas.
—Mamá, ni me está haciendo caso. Le pregunté
que si es tan importante para usté que yo estudie una
carrera.
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| —Para
eso trabajo como mula en lugar de que trabajes tú.
—Por eso ya le dije que le quiero ayudar.
—¿Dejando la escuela?
—Yo no he dicho que la voy a dejar.
—Ah, bueno —mamá volvió a su tarea,
que había interrumpido para prestarle atención
a su hijo.
—Ya vete p’allá adentro que no me dejas
acabar, ándale.
—Pérese ma, yo tampoco todavía no acabo.
El sol ya casi pegaba, a lo lejos, con unos cerros sarnosos
que decían en enormes letras de cal Ixmiquilpan con
el PRI.
—¿A usté le cái bien Araceli?
—Es buena muchacha, nomás que no me gusta su
familia: son borrachos y peleoneros todos. |
| —Pero ella, ¿le gusta
a usté para mí?
—Pues si tú la quieres... —le dio la cubeta
llena de leche— Al fin nomás es tu novia. No
te has de casar con ella.
—¿Y si sí? —Perico se tapó
la boca.
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—Si sí,
tendrás que esperarte hasta que acabes tu carrera.
Antes no. Porque yo no voy a mantener a tu mujer aparte de
mantenerte a ti. Aunque quisiera. No recojo el dinero con
la pala.
Perico se quedó callado, sin saber cómo seguir,
rascándose el mezquino que le había salido en
un dedo por señalar el arcoiris.
—Deja de estar pensando cosas. Ora que te recibas te
van a sobrar chamacas. Las mujeres nomás ven el anillo
del profesionista y luego se les van los ojos.
Perico hubiera querido terminar de decirle todo, mas el tiempo
no le alcanzó. Una camioneta que traía ya las
luces encendidas entró al rancho y se detuvo frente
a ellos. Perico tragó saliva cuando vio bajar al padre
y al hermano mayor de Araceli, los dos con sombrero, con patillas
y bigotes.
El padre se adelantó hacia mamá, descubriéndose,
y el hermano bajó a la fuerza a Araceli. |
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| Agustín Cadena ©
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