PROFECÍA |
Los únicos
que pueden jactarse de predecir el futuro son los médicos.
Entre los adivinadores de pega, la pitonisa, por ejemplo,
marea las cartas o impone las manos a la bola de cristal para
ver cómo va estar de salud, dinero y amor —por
este orden— el pringado a quien va a embaucar en breve.
«Usted va a vivir muchos años, gozará
de una larga vida sin achaques ni enfermedades graves»,
le dice al primo que está sentado ante una mesa camilla
redonda como la bola de cristal que luce entre ambos, o, si
es otra la onda, frente a los arcanos que se despliegan sobre
el terciopelo oscuro que cubre la mesa: |
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| El Mago, La
Torre, El Ahorcado, irán saliendo despacio del mazo
de naipes… Antes, adivinar el futuro era cuestión
de buscar signos entre cosas revueltas como las tripas de
un animal, las runas esparcidas sobre una manta, los oscuros
restos del té en el fondo de una taza o los millones
de estrellas que hay en el universo. |
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Dice Turco
que todo esto son gilipolleces, cosas del ayer, pero él
también se acojonaría si le pronosticaran la
muerte en breve. ¿Acaso el ordenador del médico
no se puede comparar con la bola de cristal?, ¿las
hojas de papel, que pasan despacio ante la geta del matasanos,
no se parecen a un tarot en el que La Muerte es una etiqueta
blanca con códigos de barras?, está claro que
sí, le digo a Turco, pero sólo se asemejan,
porque ellos, los médicos, aciertan siempre: introducen
en el aparato los datos de los papeles y, con gesto serio
—ellos no tienen por qué hacerse los graciosos
con el cliente—, dictan la profecía.
—Me joden los profetas —sentencia Turco.
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—Sí,
jeringa que te digan que algo va a pasar y que eso ocurra…
—he ido a buscarle al bar de la Carrera 12, a la hora
que me dijo Lía. En esta ocasión no se trata
de un negocio cualquiera.
—¿Y ésta es la milonga que te trajo desde
Buenos Aires? No me hagas perder el tiempo, gallego…
Bien. No hay que hacerle perder el tiempo.
Él tiene razón, la historia no le interesa.
Tampoco tiene por qué saber que hace unos meses me
diagnosticaron una grave enfermedad desconocida:
—¿Ha estado usted en Burundi hace poco…?
—el tipo de la bata blanca me miró con sus ojos
acristalados y se atusó la melena.
—¿Dónde dice…?, ¿por qué
iba yo a ir a ese lugar?
—Ahora la gente va por todas partes —miró
el ordenador que me acababa de sentenciar a muerte—.
En ese país africano es donde se supone que se originó
la enfermedad. Es muy rara y por eso no se habla de ella,
pero existe y los síntomas ya se van conociendo bien.
Por desgracia usted fallecerá en un año, más
o menos. No hay tratamiento que pueda impedirlo, nadie lo
ha encontrado todavía… Y, perdóneme que
ahora le haga una serie de preguntas: ¿Se ha relacionado
con alguien que sea de Burundi, o haya estado allí…?
La verdad es que estuve a punto de dar una hostia a aquel
médico en estos momentos de la conversación.
Alguien tenía que pagar el marrón que me acababa
de comer, pero ¿de qué me hubiera servido? Después
de los primeros momentos de irritación que sentí
ante las preguntas fui hundiéndome poco a poco; me
contó los síntomas que aparecerían llegado
el momento y cómo moriría pocos días
después. El tipo sabía mi porvenir. Bebo un
trago de ron y miro al Turco: |
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—No, hablaba de cosas mías. He venido porque
tengo un encargo que hacerte. Lía me ha dicho que tú
eres el indicado.
—¡Ah!, qué rebuena la negra… Abrevia,
gallego…
—Quiero que peles a un tío —me observa,
quizá con sorpresa, resulta imposible adivinar lo que
piensa—. En Barcelona, para más señas.
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| Después
de recibir la noticia de que iba a palmarla me recluí
durante un tiempo, supongo que es lo normal. Sin embargo,
con el paso de los días el runrún de la muerte
certificada que me tenía obsesionado se fue alejando,
como si hubiera quedado encerrado en un trastero de mi cabeza
y sólo golpeara de vez en cuando, intentando salir.
Luego me di cuenta de que si todo se iba a acabar, todo estaba
permitido. La maldad es compañera de la desesperación.
Sin futuro, rehice el presente con todo lo que no me había
atrevido a hacer hasta ese momento, como si hubiera vuelto
a nacer y estuviera aprendiendo a caminar de nuevo, ¿qué
importaba ya lo que pudiera pasarme?
Niebla en los bolsillos. Tormenta en las manos. Entonces conocí
a Lía. Con ella estuve en algún callejón,
en varias esquinas, entre las sombras, contra todo, ante la
nada.
Turco, tomemos otro ron.
—El tipo que te digo tiene melena castaña, usa
gafas y viste siempre de negro. Los quince de cada mes va
a un cabaret cerca de Las Ramblas —le doy unas fotos—,
es fácil reconocerle…
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| Tampoco le voy a contar
que una tarde leí en Internet: «Enfermedades
raras o huérfanas. Anemia de Fanconi. Irideremia. Síndrome
de Burundi…». Ante la pantalla pensé que
no merecía la pena molestarse, había consultado
ya a muchos médicos, pero cogí el avión
y fui a visitar aquella clínica en Nueva York:
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—Enhorabuena.
Usted no tiene el Síndrome —me dijo el médico,
un paquistaní con barba blanca, después de bucear
en un pilón de hojas—. En su momento, usted se
puso la vacuna contra la Gripe A y el fármaco le dañó
la enzima que regula el EDL, eso produjo la confusión
en el diagnóstico, comprensible por otra parte, pues…
Etcétera.
No recuerdo nada más de lo que dijo. El vaticinio asesinado,
Turco; suenan unas sirenas en la cercana Diagonal 7, la policía
nunca encontrará al fiambre.
Comprendí, poco después, que la noticia de que
no padecía la enfermedad era más aterradora
que saber que moriría a ciencia cierta, ¿sabes,
Turco? No sabría seguir sin mi muerte anunciada porque
tendría que buscar coartadas para mi nueva vida, que
ahora me parece aterradora, y volver atrás me resulta
imposible. Ya no puedo vivir justificando el futuro, es como
querer a una mujer con la idea de que algún día
envejeceréis juntos. Rutina, puta rutina.
Lía, ¿querrías compartir toda la vida
conmigo? Yo contigo, no.
Turco se levanta y deja que pague la cuenta…
En la habitación del hotel me miro al espejo y compruebo
que la peluca castaña esté en su sitio. Me pongo
unas gafas. El traje negro me sienta bien. Es curioso: el
ruido sordo en el trastero de mi cerebro ha desaparecido.
Turco ya estará cerca de Las Ramblas. No habrá
ningún problema, es un profesional. Cierro la puerta
y me dirijo hacia el ascensor. Malditos sean los profetas.
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| relato de Pedro
Martínez Corada © Derechos reservados |
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