Juntos para siempre Este
relato fue ganador del XVII Certamen de Relatos María
Fuentetaja de El Escorial |
No te imaginas, amigo, lo que sucedió.
No te lo puedes imaginar porque fue… bueno, es imposible
de describir, te lo digo yo que lo viví en mis carnes
y lo contemplé todo como te estoy viendo a ti, casi así
de cerquita, porque en mis años mozos yo era carcelero
en la prisión de Las Alondras, que estaba situada a las
afueras de la ciudad, detrás de la colina Montoya. Sí,
no me mires así, era carcelero, aunque te parezca extraño,
y fui testigo de los hechos, testigo en primera línea.
La cárcel de Las Alondras… Fíjate, amigo,
qué cosas, poner a una prisión –donde todos
desean volar y nadie puede- el nombre de unos pájaros
que son libres. Ya ves lo caprichosas y absurdas que son nuestras
autoridades.
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Pues el caso
es que una mañana la noticia estalló, se difundió
y se extendió, y un arco iris de sonrisas alumbró
los labios de cientos de personas al conocerla, y la alegría
borboteó por sus rostros transformando esos cientos
de almas en burbujas de champán francés que
subían y bajaban por la piel. Y un grito surgió
en multitud de gargantas, porque sus ruegos a través
de los años habían sido escuchados. Tú
no sabes cuánto tiempo llevaban suplicando. Tras tanta
lucha, tras tantos sinsabores, tras tantas amarguras acumuladas
y retorcidas por sus venas, por fin los tendrían cerca,
por fin podrían verlos y escucharlos y abrazarlos sin
tener que desplazarse, por fin los mantendrían a su
lado, por fin estarían juntos, por fin, por fin juntos
para siempre.
Y la noticia, amigo, se divulgó de inmediato a través
de todos los medios de comunicación, saltó pueblos,
ciudades y fronteras e hizo nacer esperanzas y renacer ilusiones.
Sí, amigo, sí, Juan Lamberto Ruano, el Presidente
de este nuestro país atiborrado de sombras, silencios
y oscuridades, el gran dictador, ahora puedo decirlo sin preocuparme
porque ya me importa una bleda lo que puedan hacerme —qué
le van a hacer a un viejo como yo—, y el dueño
absoluto de los destinos de millones de ciudadanos, había
concedido su permiso para que los presos disidentes fueran
reunidos y trasladados a una cárcel común, exclusiva
para ellos. Tú no lo sabes, amigo, porque eres demasiado
joven pero, en aquel entonces —qué me vas a contar
a mí—, en aquel entonces había disidencia
y oposición, como te lo explico, y aquellos seres que
gritaron y aullaron sin miedo a favor de la libertad, que
clamaron por el pueblo y por sus derechos, fueron vilmente
encarcelados para acallar sus voces, cada cual en un punto
distinto del país. Son cosas que suceden, o que sucedían,
amigo, porque después de lo ocurrido, después
de aquel día teñido de negro noche, las voces
quedaron silenciadas para siempre y la tristeza se aposentó
entre nosotros hasta hoy, fíjate cuánto tiempo,
cuánto tiempo de sombras.
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Pues el caso es que los padres, los
hermanos, los familiares, los amigos de los presos disidentes,
todos saltaron de alegría al saber que iban a tenerlos
cerca, juntos para siempre, que no deberían trasladarse
y recorrer cientos de kilómetros para poder abrazarlos.
Y tantas lágrimas de dolor se transformaron en torrentes
de felicidad, en aluviones imparables de nostalgias cercenadas,
sin llegar a imaginar lo que iba a suceder, pues ni siquiera
yo, amigo, que era carcelero en aquella prisión con nombre
de libertad, pude intuirlo. Bueno, ni yo ni nadie.
Y resulta que todo se hizo muy deprisa, demasiado deprisa, amigo,
pienso yo ahora, aunque no entonces, porque entonces…
entonces no me cabía en la cabeza que pudiera existir
tanta maldad. Cuando eres joven la vida es diferente, te agarra
por las piernas y por el corazón y te cubre de besos,
similares a telarañas suaves que acarician la piel, y
te crees que siempre va a ser así, porque todo lo ves
de muchos colores que después te arrancan de cuajo para
llenarte el alma de delirios negros y de filamentos oscuros
que te van apretando y ahogando. Pues sí, amigo, sí,
algo que había tardado tantísimo tiempo en solucionarse
se hizo muy deprisa, en muy pocos días. |
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Fueron llegando a Las Alondras camiones y camiones cargados
de pobres miserables, esqueletos de silencio, todos delgaditos
y sombríos, como fantasmas ateridos de sombras y sedientos
de temblores, y yo los miraba, amigo, y procuraba no pensar
en nada, me limitaba a realizar mi trabajo porque si me detenía
a pensar tal vez hubiera quedado ahogado por manadas de gritos,
gritos de pena y soledad, y no podía, de verdad, no podía
hacer otra cosa más que callar y tragarme el dolor, porque
tenía una familia que alimentar, tres hijos nada menos,
y otro a la vuelta de la esquina, pues en aquel entonces mi
mujer estaba embarazada de Pablito, el pequeño, y yo
no podía hacer nada más que barruntar pesares
y seguir adelante. |
Y los presos
llegaron, amigo, como una marabunta de melodías cascadas
y rotas, y desfilaron despacito pero con la cabeza alta y
los ojos muy brillantes clamando verdades, esas que nos han
robado a todos y que ellos habían sido capaces de defender,
y tomaron posesión de Las Alondras en su totalidad,
y el resto, es decir, los comunes, los criminales, los chorizos,
incluso los terroristas, fueron trasladados a otras prisiones
lejanas, quedando allí sólo ellos, los disidentes,
los libertinos, los parias, los que pensaban de forma distinta
a la de nuestro querido Presidente, los molestos al fin y
al cabo.
Y la vida, amigo, continuó su ajetreado rumbo rozándonos
con un silencio agónico que no supimos interpretar.
Porque todo siguió igual durante varios meses, no sabría
decirte cuántos, con distintos rostros a mi alrededor,
pero igual. Sí, amigo, sí, nada cambió
hasta aquella noche terrorífica del mes de septiembre.
Debo aclararte, amigo, que la vigilancia en la prisión
de Las Alondras era muy estricta durante el día, aunque
por la noche se relajaba, ya que en realidad la totalidad
de los siniestros alojados no hacía otra cosa más
que dormir durante la oscuridad. Y allí quedábamos
únicamente seis personas a cargo del centro, es decir,
cuatro vigías, uno en cada una de las torres exteriores,
un guardia en la puerta y yo, que me mantenía en la
sala de comunicaciones a cargo del teléfono y de las
pantallas, unas pantallas que captaban todos los rincones
de la prisión. Y fue en esa noche de crujidos tenues
y estrellas a medio deshojar cuando sonó repentinamente
el teléfono, al que respondí. La voz gris y
torcida del comisario Antonio Cruzado llegó a mis oídos
como escapada de un pozo. Y fue entonces cuando recibí
una extraña orden: la orden de desalojar el centro.
Todos los guardianes, únicamente los guardianes, me
informó, debíamos abandonar la prisión
y dirigirnos de inmediato a la zona posterior de la misma,
lugar en el que seríamos recogidos por una furgoneta.
Las órdenes, amigo, eran órdenes y no podían
discutirse, pero aquella sonó como un aullido en mis
entrañas que, sin quererlo, se contrajeron formando
un nudo de interrogantes. Por mi cabeza pasaron en un instante
cuadrigas repletas de pensamientos sin respuesta, pues aquello
sonaba realmente… anómalo. Y me quedé
con un por qué perdido en la boca, que no brotó
porque de nada habría servido. ¿Salir de allí,
como a escondidas, en medio de la noche? ¿Sólo
los guardianes? ¿Abandonar repentinamente nuestro puesto
de trabajo? No cabía duda de que algo estaba a punto
de suceder aunque no tuve tiempo para detenerme a pensar.
Eran órdenes y había que cumplirlas. Y actué
de inmediato. Avisé a mis compañeros, nos reunimos
en la puerta y salimos de la cárcel sin perder un instante.
Efectivamente, una furgoneta oscura nos estaba esperando.
Subimos en silencio, con miles de preguntas agarradas a la
garganta y manadas de pensamientos confundidos con una noche
que la ausencia de luna y estrellas hacía demasiado
negra. Y yo llevaba, amigo, el corazón tan encogido
que parecía un puño arrugado nadando en un lago
de silencios y conjeturas. La camioneta arrancó y empezamos
a ascender la cuesta de la colina Montoya, que separaba el
pueblo de Las Alondras, y casi llegando a la cima, un ruido
ensordecedor taladró nuestros oídos, un estruendo
como formado por infinitas bombas, a la vez que contemplamos
petrificados, con un estupor rayano en la demencia, cómo
la prisión en la que habíamos trabajado durante
años estallaba en millones de pedazos, reventaba, explotaba,
se desintegraba envuelta en llamas, volaba en un segundo caótico
transformando aquel enclave en un horror, en un infierno,
en un cadáver monstruoso, en un aquelarre espeluznante
de angustia comprimida, el fuego comiéndose cientos
de cuerpos depauperados, cientos de almas inocentes, el fuego
aullando, tragando, avanzando, el fuego convirtiendo nuestro
pasado en pavesas.
Jamás podrías imaginar, amigo, lo que se siente
en un momento así. Creo que a todos se nos paró
el corazón, menos al chófer que continuaba impertérrito
su marcha. Nada es comparable al terror que se instaló
en nuestros horrorizados cuerpos. La vida se detuvo en mis
venas que reventaban entre los fragores del infierno que contemplamos
aquella noche sin luna. Quise hablar y no pude, quise llorar
y no pude, de verdad, amigo, no pude hacer nada más
que permanecer callado, absorto, anonadado, estupefacto y
aterrorizado, con la cabeza convertida en una pasta caliente,
dando tumbos por dentro y por fuera, hasta que llegamos al
pueblo y la furgoneta se detuvo en la puerta trasera de la
comisaría. Por las calles pululaban decenas de almas
tristes y acongojadas a las que había despertado la
explosión y se preguntaban qué había
sucedido.
En la comisaría nos esperaba Antonio Cruzado, el comisario,
y nadie más. Demasiada soledad. Los seis guardianes
entramos y quedamos ante él y de sus ojos grises como
cenizas turbias brotaba una mezcolanza de odio, burla, poder
y determinación que jamás había contemplado
en ninguna mirada. Permanecimos quietos, callados, con el
terror agazapado en todos los poros de la piel, porque por
mi cabeza cruzó la idea de que ahora nos tocaría
a nosotros, que había llegado la hora final, pero Antonio
Cruzado, después de devorarnos con sus pupilas arriba
y abajo, dijo simplemente: “Ahora estáis muertos
y los muertos no hablan. En la cárcel de Las Alondras
se ha producido un escape de gas, todo ha saltado por los
aires y no ha quedado nadie vivo. ¿Habéis comprendido
bien? Mañana celebraremos los funerales de las víctimas,
es decir, vuestros funerales. Será día de luto
nacional”.
Y así fue, amigo, así fue cómo un día
desaparecimos del mundo mis compañeros y yo sin haber
muerto, desapareció la única prisión
con nombre de libertad, desaparecieron los disidentes, desaparecieron
las esperanzas y las ilusiones, desapareció todo vestigio
de sueños ribeteados de verde. Y a partir de ese día
aciago, el silencio tomó cuerpo entre nosotros y las
lágrimas nos rodearon y nos cosieron el alma y los
labios con puntadas muy chiquitas.
Si quieres que te diga la verdad, amigo, me he preguntado
mil veces por qué razón nos dejaron con vida.
Habría sido muy sencillo mantenernos en la prisión
y perecer a causa del… supuesto escape de gas. Al fin
y al cabo, nuestras vidas tenían para ellos el mismo
valor que las de aquellos parias, es decir, ninguno, pero,
por alguna razón incomprensible, nos indultaron, nos
sellaron los labios para siempre, nos entregaron dinero y
nos enviaron lejos, lo más lejos posible, con nuestras
familias, allá donde nadie de la ciudad pudiera saber
de nuestra existencia. Y ellas, nuestras familias, celebraron
nuestros propios funerales sabiendo que todo era una farsa
pero, como ya comprenderás, obedecíamos órdenes
y las órdenes son sagradas. Y nos lloraron, nos gritaron,
nos rezaron y nos enterraron, y todo volvió a la normalidad,
una normalidad que dejó de serlo porque el secreto
de la crueldad humana quedó agazapado en mi alma para
siempre. Yo sabía que mi existencia nunca sería
igual que antes.
A partir de ese día, derramé muchas lágrimas
de odio y desesperación, que de nada valieron porque
las lágrimas casi nunca sirven para nada. Y me enviaron
aquí, amigo, a este pueblucho miserable. Ellos, mi
mujer y mis tres hijos, llegaron después, cuando los
acontecimientos se serenaron y ella dijo a todos sus conocidos
—porque tenía que decirlo— que se marchaba
a otro lugar para que los recuerdos no la comieran viva.

Desde aquella noche terrorífica y festoneada de clamores,
nunca he dejado de pensar en lo ocurrido, amigo, nunca, ni
un solo día, y he barruntado miles de conjeturas, y
he guardado hasta ahora, en una cueva de silencio pastoso,
el suceso acaecido, con las almas de aquellos miserables dando
saltos y haciendo cabriolas por mi memoria. Y llegué
a la conclusión, amigo, de que tal vez nos dejaron
vivos para que fuéramos testigos mudos de lo que podía
suceder a aquellos que pensaban de manera distinta a la de
nuestro querido Presidente, o quizás se compadecieron
de nuestras familias, no era necesario en realidad dejar tantas
viudas y tantos huérfanos, no lo sé, lo cierto
es que no lo sé. A lo largo de los años he dado
mil vueltas al asunto y lo que he sacado en claro sólo
son suposiciones, amigo, meras suposiciones. La cuestión
es que he llegado casi al fin de mi vida con ese funesto secreto
arañándome el corazón. Y en tu crónica
de la historia de nuestro bendito país, si alguna vez
te dejan sacarla a la luz, no quiero que olvides mencionar,
amigo, la existencia de una prisión con nombre de libertad,
llamada Las Alondras, y lo que allí acaeció
un día muy triste, muy negro y muy desquiciado. Creo
que soy el único testigo que queda vivo y no quiero
marcharme a la tumba con ese dolor que llevo agarrado al alma
desde hace tanto tiempo.
Te aseguro, amigo, que todavía suenan en mis oídos
los alaridos de las llamas buscando el cielo desesperadamente,
y te aseguro que desde entonces imagino allí arriba
a todos los disidentes, los insurrectos, los indeseables,
los parias, unidos y reunidos, y por fin juntos para siempre.
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