Iré.
que importa
caballo sea la noche.
-ROY SIGÜENZA-
Para aprender nociones sobre ilusión óptica,
basta con dedicarse a ver pornografía pura y dura.
El porno actual se halla dominado por mujeres y hombres que
se rasuran el pubis, lo cual podría considerarse una
regresión hacia la pintura renacentista, pues si bien
en la pornografía de hace tan solo unas décadas
el tener una selva entre las piernas fue muy apreciado, el
estereotipo latino -con su exceso de vello corporal- ya no
vende. Encontramos que en las Venus de Botticelli, Tintoretto,
o en los Apolos de Perugino o Bernini, y en todos los grandes
desnudos universales–casi siempre su temática
fue la mitología grecoromana- del Renacimiento, la
representación del cuerpo humano carece de vellosidades.
Sin embargo, lo que para aquellos artistas fue una cuestión
estética y de pudor, para la industria porno actual
se reduce a provocar una ilusión óptica que
altere la percepción sobre el tamaño real de
los genitales, pues cuando estos son depilados, el resultado
se traduce en dos ecuaciones:
Ecuación 1: hombre – vello púbico
= ilusión óptica de verga más grande.
Ecuación 2: mujer – vello púbico = ilusión
óptica de vagina más pequeña.
Como se observa la constante -ausencia de vello púbico-
es la misma para las dos ecuaciones. La asimetría se
genera cuando se introduce la variable género. Traducido
a lenguaje algebraico y utilizando IOT para referirse a la
ilusión óptica de tamaño, tenemos que
siendo x constante y v la variable:
E1; H(v) – VP(x) = < IOT
E2; M(v) – VP(x) = > IOT
Antes de compartir mi sabiduría con la comunidad científica,
era indispensable fundamentar mis ecuaciones mediante la aplicación
del método empírico, para lo cual, procedí
a afeitarme los genitales. ¡Craso error!, Aparte del
sinfín de cortaduras, mi pubis sufrió una irritación
análoga a la que padecí cuando contraje ladillas.
Este inconveniente retrasó mis experimentos. Pero La
Historia está llena de científicos brillantes
que dimos un paso en falso. Jamás nos rendimos. Sin
el método de ensayo y error, seguiríamos en
los albores de la humanidad; pues los destinados a ser motores
del progreso científico, aprendemos de nuestros fallos.
Sin embargo, una semana después, con mis genitales
bien podados y cicatrizados, se generó una ilusión
óptica de un mayor tamaño. Entonces cité
a tres chicas de dudosa calidad moral y anchura vaginal considerable
como sujetos de prueba. No fue difícil convencer a
mis conejillas de indias, pues en honor a la ciencia, fingí
interés en sus miserables existencias y procedí
a emborracharlas hasta que llegaron a un estado semicomatoso.
Las llevé al laboratorio, un tugurio donde habita un
colega científico que se ofreció a documentar
la experiencia, siempre y cuando le mencionara en mi discurso
de aceptación del Premio Nobel.
Después de amarrar y encerrar a cada una de mis sujetos
de prueba en una habitación distinta, proseguí
con la siguiente fase del experimento, que consistió
en tomar éxtasis para adquirir mayor vigor sexual,
ya que yo también me hallaba considerablemente ebrio.
Cabe resaltar que, en vista de que el laboratorio sólo
posee dos ambientes, la chica más bonita fue amarrada
a la taza del inodoro.
La metanfetamina tuvo efecto inmediato y conseguí una
respetable erección. Mientras me desvestía,
mi colega procedió a rasurar el pubis de las chicas.
Decidimos conservar su vello púbico y la afeitadora
desechable, con la intención de venderlos al Museo
Smithsoniano cuando seamos famosos.
Se decidió empezar por la chica amarrada al retrete,
por ser la más bonita y la que se hallaba más
intoxicada, no queríamos que la Sociedad Protectora
de Animales, o feminazis de alguna ONG lésbica, nos
demandaran bajo cargos de lesa humanidad y/o violación.
Introduje mi miembro en el agujero afeitado y procedí
con el clásico bombeo que se recomienda en estos casos.
Mientras tanto, mi colega realizaba el registro fílmico.
La experiencia fue totalmente satisfactoria, tanto que el
experimento estuvo a punto de fracasar. ¡Ni todo mi
amor a la ciencia pudo evitar que eyacule! Luego de amarrar
nuevamente a la chica en el inodoro, requerí una dosis
extra de pastillas y energizantes para recuperarme y pasar
al siguiente cuarto.
La segunda chica estaba cubierta de vómito, pero despierta.
Sin embargo, no opuso resistencia, puesto que mi vindicación
sobre la necesidad histórica de ejercer la violencia
contra todo aquel que con moralismos pretendiera obstruir
el camino de la ciencia, fue muy convincente. Mi colega recogió
el vómito para donarlo a algún museo ecuatoriano.
La fornicación me tomó el doble de tiempo que
con el anterior sujeto de prueba, pero conseguí finalizar
con el frío profesionalismo que ha caracterizado a
todas mis investigaciones.
Si bien ya teníamos resultados que confirmaban plenamente
la validez de las ecuaciones, era indispensable que el tercer
estudio de caso nos diera su aval. Pero debido al exceso de
alcohol, mi verga ya no era funcional para el experimento,
y en vista de que se acabaron la droga y los fondos económicos,
busqué al traficante más cercano. Tras explicarle
la naturaleza de nuestra investigación, accedió
a subvencionarnos otra anfeta y una vez finalizada la transacción,
nos embarcamos en un taxi en dirección al laboratorio.
Cuando llegamos, la puerta estaba abierta. Las tres conejillas
habían escapado. Desde entonces estamos esperando el
arribo de la comitiva de la Academia Sueca a otorgarme el
Nobel de Física por mi aporte al campo de la óptica.
O de la Policía Nacional a detenerme por secuestro
y violación. Lo que venga primero.