Hay ratos en los que
parece que esto no da para más. La casa huele a puchero
y a perro mojado. Busco alguna manera de reconquistarme, las
sílabas repetitivas tampoco ayudan mucho. Recurro a
singulares distracciones: limpiar los calamares, ordenar artilugios
de limpieza, buscar sitio a las cosas inservibles... Hay ratos
de limitada y débil desolación.
Hay ratos en los que miro alrededor sin que nada me deje estupefacta.
Entonces me tienta la pereza, la lúdica tarea de huir
de las historias.
Quiero tumbarme y ovillarme, volverme irreflexiva y respirar
el espeso y dulce aroma de la estulticia.
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