Valeria
se lo oyó contar a la madre. Y también le oyó
contar que en el cuartel de la guardia colonial metían
a los negros por cualquier cosa: un robo sin importancia,
una mirada agresiva a un blanco, o, simplemente, por no apartarse
cuando ellos, los blancos, paseaban por la calle al anochecer.
Valeria había oído que los negros tenían
que levantarse de donde estaban sentados y dejar que los blancos
ocuparan la acera entera; que los negros sólo se podían
sentar en los muros que bordeaban la calle y ¡pobre
de ellos si se les ocurría mirar a la madre y a las
tías!, que eso estaba prohibido; que tenían
que bajar la mirada y hacer como si ellas no existieran, como
si la madre y las tías fueran transparentes. Valeria
no, que ella era pequeña y sus ojos llegaban a la altura
de los ojos de los negros mirando al suelo y por eso podía
sonreírles y darles la mano al pasar. Eso le gustaba
a ella. Se quedaba detrás, rezagada, y caminaba dando
saltitos de la acera a la calle y de la calle a la acera;
y los negros levantaban la mano y le ofrecían la palma
sonrosada y Valeria les daba un golpe suave: uno, dos, tres
golpes, sin parar de caminar y ellos le decían:
—Amboló,
niña.
—Les
parten los dedos de la mano —le oía decir a Pedro
en la cocina hablando con la madre mientras batían
los huevos para hacer tartas de queso y pastel de guayaba—
o les meten palillos en las uñas de la mano y del pie
para oírles gritar; para que cojan miedo al capitán
Herrera y no desobedezcan a “masa” Florentino
ni a los otros “masas” de la colonia.
La madre añadía en la cena que Pedro tenía
razón y que eso lo hacían para que los negros
tuvieran miedo a los blancos que eran menos y se hacían
fuertes con ese tipo de barbaridades y además —añadía
tan rabiosa el “además” que éste
retumbaba por toda la casa y llegaba a la cocina donde Pedro
estaba ya completamente borracho tirado por el suelo—
a ella sí que la miraban al pasar y ella los saludaba,
como a todo el mundo, y no sólo la respetaban sino
que “además” la querían; las bofetadas
las dejaba para los que no sabían hacerse respetar
y de ese género de gente ella andaba muy harta, que
con los que había conocido después de la guerra
tenía bastante. Nadie le replicaba y ella seguía
sirviendo pastelillos de guayaba como si nada. Su tono era
tan poderoso, que, dijera lo que dijera, resultaba indiscutible.
Cuando la madre hablaba así se hacían unos silencios
muy largos.
El corazón de los pájaros.
Editorial Planeta. Barcelona, 2001. pp. 33-35 |