¡Ese sagrado recinto!
¡Ese presidente de la Comunidad Valenciana recibido
por un grupo parlamentario puesto en pie que aplaude a su
imputado presidente! ¡Ese Francisco Camps lleno de mierda
hasta las cejas que se atreve a seguir sonriendo y contestar
a sus oponentes con argumentos de lo más soeces! ¡Ese
delirio decimonónico del señor Luna que se atreve
a lanzar al aire el reto de una primera piedra limpia de culpa!
Eso si que son gestos de arena parlamentaria, de toreros finos,
de oradores ilustres que se atreven con el melodrama y la
acción teatral. Así, el señor Luna que
en un momento crucial del discurso político y ante
las imputaciones que se le hacen, se atreve a decir frases
gloriosas como la que sigue: “Y el que esté libre
de culpa que tire la primera piedra”. Y cuando uno cree
que el pequeño saltamontes, crítico y duro como
el que más, va a darse la vuelta y dejar el atril descendiendo
las escalinatas de Les Corts Valencianes con aires de tener
la culpa de algo, se mete una mano en el bolsillo y saca una
piedra redonda y lisa y la arroja al suelo. Sin honda ni nada.
Sencillamente la deja volar unos segundos por el aire y ella
solita cae en el centro del hemiciclo. Rumor en las gradas.
Risas, aplausos y silbidos. Y entonces sucede: el señor
Camps sube al estrado y con esa sonrisa suya que echa de espaldas
al honesto ciudadano, va y dice sardónicamente o estúpidamente
-según sea el cristal por el que se mire- que el señor
bajito ha tirado un arma arrojadiza en un lugar sacrosanto.
“Ustedes lo han visto, ustedes son testigos”.
Repite el señor Camps de manera esperpéntica
sin que se le mueva un solo botón de su camisa azul
de diseño. Si, es cierto. Yo lo vi. Yo y varios miles
de españolitos de a pie fuimos testigos y, la verdad,
me pareció un gran gesto lo de la piedra. Poco usual
amén de teatrero, es cierto, pero no dejaba de ser
una metáfora. ¿De qué se escandaliza,
señor Camps? Usted, que se ha defecado en ese mismo
lugar burlándose de todo el pueblo valenciano y del
resto de la nación; usted que ha alegado cosas variopintas
para descargar sus culpas con una sarta de embustes peores
que las peores de las piedras, no debería perturbarse
de esa manera ni llamar a una piedrecilla tan perfectamente
utilizada “arma arrojadiza”. No entiendo de dónde
se saca ese argumento. Armas de destrucción masiva
y de mayor potencia, las suyas, señor Camps. Ah, me
olvidaba: arrojadiza hubiera sido si le hubiera dado a usted
en sálvese la parte. Pero, por desgracia, no ha lugar.
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