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“El
hombre ha nacido para morir,
y además se le niega el derecho de
elegir cómo y cuándo, porque
no somos nadie para exigir nada”,
me dijo mi amigo postrado mientras
sujetaba entre sus dedos un cigarrillo.
Apenas tenía fuerza para exhalar el humo,
y su pálido rostro lleno de cicatrices y arrugas
permanecía impasible ante mi silueta
recortada por la tenue luz de unas velas.
Los rumores lejanos del exterior
se mezclaron con el helado silencio
que habitaba en aquella sucia habitación.
Luego, sus labios –de los que aún pendía
el cigarrillo- empezaron
a emitir unos extraños sonidos.
“¿Intentas decirme algo?”, le pregunté,
pero no me respondió.
Sus ojos seguían entreabiertos, mirándome.
Le pasé la mano por la cara suavemente
y pude sentir la paz que se adueñó de su cuerpo.
Le quité el pitillo aún humeante de la boca
y seguí fumándomelo yo, en su memoria.
Y antes de apagar las velas, casi consumidas,
le dije, ya a deshoras: “cuando
alguien muere,
amigo mío, siempre dicen que no somos nadie
pero no es cierto.
Lo somos todo, por eso nos vamos”.
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¿Te gusta ese poema escrito por
Esteban Maldonado, de su poemario Las
sombras de la vigilia (Kristal Editorial)?,
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