Lo que pueda pensar de mí una mosca
que ha convertido al pan en su colmena,
que tiene cuatro patas
pero tan sólo seis son las que vemos,
que sin descanso toma cuerpo
de una pupila ligerísima
sobre el cristal a punto de romperse,
que no quiere volver como una antorcha
de lo oscuro, con su desolación pequeña,
porque la mosca es un recuerdo
de lo que pudo ser pero fue olvido,
que ante la perspectiva de traer
miles de huevos a este mundo
hace voto de castidad
y jura no volver a recordarme
cubierto de melaza,
que, harta de volar por la basura,
emprende vuelo al hombre los veranos
y es tranquilizador para el cerebro
andar matando moscas
en vez de recordar
lo corta que es la vida,
que, junto con el piojo,
es el insecto fiel por excelencia
desde los tiempos paleolíticos
pese a que no se reproduce
en la cautividad de nuestro pelo
y tiene la ventaja
de ser apenas repugnante,
que duerme en las orejas de una vaca
para escuchar cómo la leche
va cayendo después de los berridos
y llena el fondo de las ubres
y se separa de la nata
y por las noches un lagarto se alimenta,
el mismo que mató a todas sus hermanas
porque aún no era mamífero.
¿Quién para descansar en una flor
toma por cielo a un pétalo?
¿Quién para recordar lo no vivido
amputa su cabeza
y la mira a los ojos?