Aléjese. Sea lo contrario de lo que es usted para
que al escuchar la música pueda viajar hasta su propio
yo y al reencontrar su antigua identidad sienta de nuevo
una alegría.
Descéntrese. Apostate de su interior. Sinviértase.
Triviértase. Asómese a su carne mientras esplenden
en su cabeza todas las melodías que en su interior
transporta el espíritu.
Abandónese. Permita que se le anexionen las cosas
que sin duda habrá a su alrededor. Cuando ya sea
íntimo de la materia y no exista distancia entre
lo que es usted y lo que no es, deje que a sus gargantas
íntimas acuda el himno que anuncia los esponsales
de su cuerpo con la claridad y la calma.
Destrónese. Abdique de su fragancia. Calcine su
soberbia en las hogueras nupciales de su propio ocaso. Que
sus moléculas caídas sean el alimento de la
caducidad. Despoje su memoria para que cuando llegue al
cielo no le queden recuerdos en que coleccionarse porque
usted únicamente consista en no, en nadie, en nunca,
en nada.
Auséntese. Regrese a su primera cantidad. Deje que
los oscuros ríos lancen de nuevo su organismo a las
playas internas de su madre, allí donde se inauguraba
la existencia, y cuando sienta que la humedad innumerable
le otorga un nuevo principio, permita que sus tejidos corporales
se emancipen y disuelvan para acoger dentro de sí
la música.
Abrácese. Descubra que tras su respiración
la eternidad comienza y los murmullos de los astros duermevelan
y, equidistadas de la muerte y de la vida, están
las sílabas de admiración dichas por la boca
de Dios cuando la luz nacía junto al Verbo y se expansionaba
alrededor el universo como un soplo.
Escúchese. Que no han cesado nunca de girar las
masas y mientras haya horas en el tiempo y el corazón
nos siga la misión de la especie exige rememorar
las hermosuras que la tierra nos brinda para fundar en ellas
resplandeciente la verdad.
Despiértese. Deje que su mirada estrene el mundo
mediante el temblor, que a sus ojos acuda la vibración
pequeña que toda lágrima porta en su transparencia
y aprenda a contemplar los sagrados recintos donde la realidad
transcurre para todo lo que es capaz del mundo.
Arrójese. Abra los brazos en agradecimiento a la
velocidad y la lentitud de su celeste biografía mientras
suena la sublime orquesta y el director destila su desesperanza
y el devocionado público imagina y dos seres agonizantes
entonan con unción el canto último.
Perdónese. Convoque a todos sus cuerpos para consolarlos
y decirle adiós a su pequeña sustancia y contemple
su insoportable belleza mortal mientras asiste en silencio
a este infinito réquiem de sus espacios y sus días.