Que los potros de Cristo te salgan al encuentro.
Que canten para ti los coros de los ángeles
y que el gesto rotundo de tu animal mandíbula
sea ya, solamente, belleza.
Espero que ahora entiendas mis lágrimas absurdas
sobre el cuerpo de Cristo tantas veces vertidas.
Porque esos manantiales, que riegan las praderas
que ahora estás pisando, son pena trashumada
que mi llanto por ti –Javier, el de los ojos
oscuros y palomas, Javier, el de los brazos
palabra y arteriales- roció sobre las verdes
llanuras de la patria. Yo quiero que descubras
en esa luz total, que, al fin, todo lo explica,
que el llanto que se llora sobre el cuerpo de un hombre
engendra en el Edén arroyos de agua virgen
para aquellos que amamos en este valle oscuro.
Bebe en ellos, Javier, guerrero hermano mío.
Tú que estás en la vida, no te olvides de
mí.