(Del poemario Máscaras
para no enloquecer,2017, Editorial Celya)
V
Le
temps / réclame un autre
soufflé
maintenant.
Claude
Esteban
El don de mi ignorancia se abre paso
en una habitación. Alguien empieza
a hablar. La luz, en ruinas, devuelve
la imagen, amarga y vital, de años
con cicatrices que aún supuran
fruto de la desolación.
Pronto alzaré el vuelo.
El carruaje del tiempo transformará en belleza
la crueldad no preterida del pasado.
VI
Venid,
venid todos que está tocando allá
abajo
el viejo loco del roto violín.
León
Felipe
Lentamente
destilaré
las palabras
reunidas
hasta aquí.
Haré con ellas
un breviario
destinado
a colmar deseos.
A calmar esperas.
A curar con el cauterio
las heridas guardadas en los libros
desde aquel primer día.
Desde aquel primer violín de León Felipe
hallado en la Aldehuela de Salamanca.
¡Oh, este viejo y roto violín!
Una vez más
la música vestirá mi desnudez
hasta encontrar la palabra exacta
para que
no se infecte la herida.
VIII
Pero
en el fondo/ se ha quedado sin límites/
es
oscuro y se pierde / como una
caja
china entre la niebla.
Juana
Castro
Siempre he convivido con cuerpos oscuros. Cada día,
con sus noches, me estremezco al sentir su presencia. Su
respiración es tan familiar como una caricia de buenos
días. De buenas noches. Una caricia de tierno y sosegado
olvido:
El principio de un viaje que, de umbral en umbral, es la
antesala del desconsuelo.
Hoy también, la niebla pasará la página.
El frío se instalará
en el rincón de los errantes
quienes se preguntarán
también hoy
qué hacen aquí.
XXIX
Si
el hombre sintiera de verdad
no
habría civilización.
Fernando
Pessoa
Un día escribí la biografía de Nadie.
Confesé ser parte de una trinidad.
Pessoa me reveló que soy plural:
El plural de nadie.
Que las máscaras
mantienen a raya la locura.
Que vivimos en la intersección. En ese lugar inestable
donde locura y cordura son sólo palabras, a veces
trabadas, a veces libres, palabras con ojos con piel con
insomnio y temblores; palabras de piedra palabras de olores
palabras-palabras mujeres y hombres.
Susurros
que dispersa el viento. Palabras.
¿Por qué será que hoy no me sorprende
el exceso de desasosiego depositado en estas líneas?
XXX
Murió
mi eternidad
y estoy velándola.
César Vallejo
Sueles caminar por los libros como un funámbulo
por el alambre.
Cada línea es una invitación al viaje.
El riesgo.
La posibilidad de caer.
Autómata, ataviada con ballestas para exorcizar
el miedo en horas que son fuego, te enfrentas a la muerte
exhausta entre los pliegues de la luz. Enajenada de tanto
batir las alas sin ser pájaro.
¿Quedarse? ¿Partir?
El mundo se derrumba y tú…
Por fin te das permiso para volar.