En Marte somos una estrella azul.
Desde el benévolo tamiz de la distancia,
pendemos de su rojo atardecer
como un brillante puro,
recién tallado en manos del orfebre.
No se nos ve el enjambre de satélites
que nos moscardonea en las alcobas.
Los bosques disimulan
bajo las nubes sus tiñosas calvas.
No se les ven las caries
al monte y a la roca.
No se le nota la leucemia al mar.
No se distingue el cuatrillón de muertos
que cubre la corteza.
Desde Marte,
gracias a Dios, no olemos.
No somos cucarachas.
No somos roedores de la guerra.
No nos alimentamos de carroña.
No andamos deteniendo corazones.
Somos puros.
Eso somos en Marte:
puro azul.