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Ya la vi en los primeros días que
recuerdo. Al principio la gota estaba a una altura inalcanzable:
en las cimas de los grandes árboles, pendiente de una
hoja invisible. La distancia no difuminaba la imagen, y percibí
en su interior algunas palabras borrosas. Con el sol del verano
la gota de agua aparecía sin sujeción en el
horizonte.
Conforme crecí, la gota descendió hasta el alero
de un tejado. Mis años fueron el imán que me
acercaba a una esfera de palabras siempre ilegibles. Llegaron
los días violentos de la juventud y ella los acompañó
desde una tapia. En la edad que precede a la vejez la encuentro
suspendida de los arbustos y hierbas. Solitaria, sobresale
incluso en medio de la lluvia.
Los viejos no caminan con lentitud por culpa de la carga del
tiempo; sólo intentan no pisar la gota de agua caída
al suelo de los últimos caminos que recorren. Hasta
que los pies cansados rompen esa pequeña bolsa líquida.
De ella salen libres las palabras indescifrables cuyo significado,
por fin esclarecido, nadie puede transmitir.
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