He
montado mi tumba
en las tierras más profundas
entre las paredes del silencio;
en la superficie, césped negro.
Un río de agua subterránea
golpea con fuerza mi féretro,
agrieta y rompe la madera,
arrastra a empujones mi cuerpo,
lo lleva entre un acantilado
y lo vomita al mar hambriento.
La corriente de las olas inversas
lo engulle, frenética, mar adentro
y las negras serpientes marinas
poco a poco se lo van comiendo.
Las nubes se aglutinan
para coser todos los remiendos
de los espíritus caídos
entre los aires del desierto.
En la selva crece una malla
que enturbia y atrapa el pensamiento.
En la mente de los relojes
se ha congelado el tiempo.
Ya no existe mi tumba
ni paredes ni silencio
ni tierras profundas
ni césped negro
ni río subterráneo
ni la madera de mi féretro.
No existe acantilado
ni mar hambriento
ni olas inversas
ni serpientes negras comiendo;
solo existe un inmenso vacío
en medio del oscuro firmamento,
cielo sin estrellas, ni una luna,
ni planetas, ni siquiera luceros;
y el dios de los abismos se ha marchado
por el gran ojo del agujero negro
que ha sellado su gran boca
y ha secado sus paredes por dentro.
He montado mi tumba en el silencio.