Se
ha roto el cordón umbilical
de la ciudad;
la calle enmascarada
silba entre los carámbanos.
No soy de la estirpe del fuego
de los que fueron elegidos
ni la mansedumbre del río
cuando abrocha sus ojos negros
ni la masa de huesos
que sostiene una estatua.
Busco el oxígeno
entre los barrotes del aire
que corre
por la serpiente de hormigón.
Y los edificios pasan como árboles,
sombras de tren.
El sueño de los hombres
es un Ícaro dormido en el cielo
que estrellará en el mar.
Las bocas son de hielo
en las aceras.
Los brazos huyen
de las quimeras
y las butacas de teatro
son ataúdes de noche;
nadie aplaude a los amigos poetas
pescadores en redes muertas.
El ciudadano es un galgo embozado
un conejo que busca madriguera
un ratón de distancias
la mariposa que recela.
Yo mismo soy rectángulo
desesperado
dentro de una maleta.
La ciudad es pan hecho a toda prisa
sin el olor a pan
sin el sabor a pan
sin la miga del pan
sin corteza de pan.
La ciudad no es ciudad
es el desierto de las sombras.