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Te
vi pintar una sonrisa en tu mirada cuando en tu vida
entró el amor y secó tus lágrimas. Te
sentí enajenado de la angustia
que en tus bolsillos guardabas. Leí tus versos, amigo
poeta, y ya se
marchitó la rosa negra que a tus penas custodiaba.
Tristes versos de
triste lira, ahogados ahora en lo infinito, transfigurando
tu locura
enardecida por flores, en un jardín de amores. Me sentí
orgullosa y
portadora en mis labios, de esos tiernos sentires, me sentí
abrumada,
me sentí enamorada de tu amor por ella, me sentía
enriquecida de tus
letras... y de esa voz que narra, dulce y delicada, toda la
beldad de
tus palabras. Pero el reloj me trajo tu recuerdo, me prestó
tu
silencio, tu dicha, se me fue en el pecho perforando una sonrisa,
un
te quiero, una brisa que, en mis cielos, reflejos de tus olas
amatistas, cultivó con semillas declamadas, una suave
caricia. Una
caricia que traspasa mi alma y la transmuta, ese corazón
negado a amar
se deshiela en un mar de letras y la terneza torna a su lecho,
quebranta esa coraza sempiterna y nubla de nuevo el pensamiento.
No es
mi reto ser tu amada eterna, pues ya en tus sábanas
se deslizan esos
amores tiernos, más mi ventura es hallarte en un camino
de mantas y
brumas, de peces y espumas, de soles, que a la madrugada retira
a su
templo, que sus lazos de oro nos aborden y nos unan. Quisiera
ser ese
amor etéreo que te perfuma cada segundo de tu vida,
que rema hasta
alcanzar tu puerto, que sientas cómo mi espíritu
te alza hacia un
perpetuo firmamento, allí donde las almas se aman con
ternura, en
silencio. No pretendo ser tu amor terreno, pretendo una caricia
en mi
rostro, una mirada tuya, un lejano beso. Pretendo que de tus
labios, un
sueño, me digas te quiero. No soy nada entre tus dedos,
lo sé y lo
acepto. No soy pluma encarnecida que se presta a tus versos.
Pero te
ama mi locura, mi amor eterno.
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