Son de sueño
y también del claroscuro
que difumina el envés de la memoria.
Retazos que se diluyen
y el viento dibuja en luces
por los caminos del agua.
La belleza inasible se detiene
en el latido agitado
de un ser pequeño.
Mientras, la luz se evapora
en espejismos de asfalto
que reverberan.
Y vuelvo,
al pequeño jardín
de la filosofía.
Nada es imprescindible,
solo la risa.
Y el reflejo, que atardece en mi copa,
ilumina la alegría de estar viva.