Murió
el hombre aquél, el alto,
el de la carcajada fuerte y la sonrisa abierta.
También murió el otro que le acompañaba,
el de los hombros anchos y el gesto decidido.
Al poco tiempo se nos fue el gracioso,
el que humillaba desde la impunidad.
Murió el incontinente verbal
que perseguía incautos por calles y bares.
Murió el que mentía por costumbre
y el que siempre vivió con odio.
Todos se han ido. *
Fueron hombres sólidos, de bien,
hombres orgullosos, serios,
hombres de respeto y autoridad,
hombres de convicciones.
Murieron de cosas de hombres,
de alcohol, tabaco y todos los excesos,
de mentira y doble vida,
de hijos escondidos en nidos ajenos,
de amantes y queridas paseadas del brazo
por la calle principal,
de orgías con putas en las cacerías.
Y así, el enfisema,
la cirrosis, la próstata y el infarto
se los fueron llevando de las calles vacías
donde ya no resuena el sonido de sus botas.