YO,
a mis veintitrés años,
me declaro insurrecto,
torpe huella imprecisa
pero huella que
sobre la tierra
extiende una raíz de hombre inacabable.
Yo,
a mis veintitrés años,
nací -y no es del todo exacto-
donde nacen los hombres, mitad hombres,
mitad duda.
Y me nombro feliz
porque la sangre corre
vertiginosamente
de la cabeza al tronco,
del tronco hasta mis ramas
y de las ramas al abrazo
de mis fechorías.
Yo,
el hombre de palabras encogidas,
el reo que a diario,
como un tiovivo, saborea
el círculo indiscreto de la vida,
me declaro culpable
de no ser más de lo que soy:
este súbito lienzo que en la memoria esparce
un sueño desterrado por el tiempo
hacia su olvido.
Esta risa que me golpea
los labios cuando el mundo
cree sentirse mundo a su manera.
Yo,
a mis veintitrés años,
verso que a media luz desnuda
un corazón en obras,
me declaro insurrecto, culpable y pecador,
sí, pecador de hoguera,
por no saberme la lección
que se enseña en la escuela de los bosques.