Recuerdo que en algún lapso del ayer…
fui pequeña.
Por ese entonces, mamá ya zurcía
los remiendos del alma,
y papá ponía emplastos a las heridas.
Fue en aquel ayer cuando en el palacio de cristal
comenzaron a florecer férreos muros
de esperanza.
Aunque, en noches sin luna,
el monstruo de las inseguridades
se empeñaba en regresar.
Yo, una niña, me abrazaba más fuerte
al osito del cascabel, mi fiel escudo de defensa.
La abuela me acunaba en su sonrisa;
el abuelo me enseñaba, sin yo saberlo,
a amar las resmas de papel.
Y fue hace días, tan solo días, horas quizás,
ya siendo mujer, que aprendí a volar
con las alas rotas.
No obstante, es justo decir que aún hoy,
y ungida de amor, sufro episodios temporales
de melancolía.