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Las
luces nunca habían brillado con más fuerza.
El destello de los rayos del sol se asomaba a todos los rincones
del jardín de la Estrella. La naturaleza respiraba
en todo su esplendor el aire puro que bajaba de la sierra
del Cóndor. Las aves silvestres pululaban de aquí
para allá en un vuelo sin contradicciones, libres,
como el soplo del viento que dulcemente balanceaba las hojas
de los palmerales. Algunos transeúntes curiosos atraían
hacia sí la atención de las palomas, ansiosas
por picotear las pequeñas migas de pan que ellos arrojaban
a su paso. La vida aquella ostentosa mañana de otoño
invitaba a ser vivida, gozada, respirada, acariciada. Su silueta
era un sutil velo que se posa sobre el rostro y muestra la
transparencia del alma.
Para Julen todo pasaba desapercibido. Nada tenía sentido
a sus ojos en aquellas dramáticas horas. La paz que
buscaba en el edén de su destierro se transformaba
en cuchillos afilados que atravesaban sus entrañas.
Solo podía ver su cara, sus profundos ojos negros,
su pelo largo, oscuro como la inmensidad de la noche, peinado
en perfectos rizos que contorneaban sus mejillas tan pálidas.
Y su sonrisa, apasionada y serena al mismo tiempo. El vestido
rojo que le sentaba tan bien. Y su perfume…Su delicado
perfume a acebo verde y violetas en flor. Ya nunca tendría
el calor de sus manos acariciando sus labios ajados, sus besos
ardientes, el deleite de su piel rozando la suya, el susurro
de su voz cruzando los entresijos del tiempo. Nunca más
le haría el amor. Tinieblas, tinieblas profundas cercaban
su caminar, su ánimo abatido, su corazón roto
en mil pedazos, incapaz de encontrar una salida. Tenía
que acabar con todo, aún no sabía cómo,
pero tenía que acabar con todo. Volvería a casa
y tejería su despedida, dejaría un beso tierno
en la mejilla de su madre y una mirada agradecida en los ojos
de su mejor amigo. Escribiría su último relato,
el relato de su final y leería con la voz entrecortada
sus últimos versos, los versos de su desamor, de su
angustia sin frenos, de su infinito amor hacia ella. Por última
vez, encendió la pantalla del ordenador y se conectó
a la red. Al otro lado, un alma invisible le hacía
sentirse bien, comprendía su desaliento, su insípida
juventud. Se lo debía, le debía un adiós.
La luz de la pantalla se reflejó en su rostro, su pulso
temblaba de emoción, sus pupilas se dilataron como
quien contempla un milagro extraordinario y su alma se alejó
del caos en busca de la luz. Tres palabras mágicas
le dibujaban el curso de un tiempo nuevo: “BUENOS DÍAS,
ESCRITOR”.
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