Cuando
la carcoma llegó Juan estaba solo. Matilde había
viajado por trabajo e iba a volver de un momento a otro. Pero
imprevistamente, la ciudad y la gente se volvieron otras.
El primer paciente fue un viejo que pedía monedas en
el subte. Lo encontraron muerto en un andén, con el
rostro desfigurado. Nadie se animaba a tocarlo por temor al
contagio hasta que alguien propuso pagarle a un indigente
para que se llevase el cuerpo. Aquel hombre apareció
tirado en la puerta de una galería comercial abandonada.
No respiraba y tenía las facciones carcomidas por un
mal que nadie pudo identificar. Lo reconocieron por las ropas
que llevaba y por la bolsa de color chillón en la que
había guardado el dinero que le dieron. Eran sus únicas
pertenencias.
La tercera fue una mujer que trabajaba en un local de comidas
rápidas. Murió en su casa después de
haber dado parte de enferma por una gripe que se complicó
con catarro. Su cara era una masa informe pero su cuerpo estaba
intacto. En la clínica que le correspondía por
su medicina prepaga no supieron nombrar al mal. No había
registro de algo semejante. Juan intentó comunicarse
con su mujer, para pedirle que no volviese, que se mantuviese
lejos. Pero en el hotel le dijeron que ya había salido
para no perder el tren.
La noticia trascendió las fronteras de la ciudad y
aquella urbe se instaló en los medios como el lugar
de la peste. El Gobierno dispuso que nadie podía entrar
ni salir para no expandir aquel extraño mal. Por eso,
llegó un batallón de soldados equipados con
trajes esterilizados y armas sofisticadas que bloquearon los
accesos y reprimieron a los que intentaban escapar. Para entonces
Matilde no había vuelto ni contestaba su teléfono
celular. Juan llamó a su oficina pero allí no
tenían noticias de ella.
Entonces el contagio se aceleró. En cada familia hubo
una persona infectada. Al comienzo era una gripe y un catarro
leve. Después, el paciente desmejoraba y los rasgos
de su rostro comenzaban a desdibujarse. No era lepra ni viruela.
Tampoco peste negra. No había pústulas ni ronchas,
solo una nada que uniformaba piel, huesos, pelo y carne en
un amasijo muy diferente de las facciones originales. Juan
no tenía familia y él mismo no manifestó
ningún síntoma de aquel mal. Pero prefirió
quedarse en casa esperando el regreso de Matilde.
La televisión apenas trasmitía dos o tres canales.
La radio repetía noticias alarmantes sobre el crecimiento
exponencial de los muertos de aquella enfermedad amorfa. El
bloqueo sanitario se había extendió a toda la
región y para reforzarlo habían dejado de circular
los medios de transporte y se prohibió la venta de
combustible. Juan pensó que Matilde solo podría
llegar caminando y se sentó en la ventana para ver
si la veía venir.
En la calle la gente corría sin saber adonde ir. En
cada cuadra había seres agonizando con los rostros
vagos de los que salían sonidos ininteligibles. Quizás
pedían ayuda. Quizás gritaban sus nombres, una
dirección o un número de teléfono pero
ninguno de los que los escuchaba era capaz de comprender las
palabras. Sonó el teléfono pero Juan no oyó
más que los ruidos de la calle. Gritó el nombre
de Matilde pero nadie contestó del otro lado.
La última emisora de radio que seguía trasmitiendo
solo pasaba música. Los canales de televisión
también habían suspendido sus trasmisiones.
Ya no había gente en las calles. Ni siquiera se escuchaban
los ruidos habituales de la vida cotidiana en el edificio.
De pronto, se oyó el ascensor y pocos segundos después
una llave giró en la cerradura. Juan se acercó
a la puerta. Ella no tenía rostro. Llevaba el anillo
con una piedra verde que él le había regalado
a Matilde.