PERSPECTIVA
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El
huevo o la gallina, la fiebre o la náusea. Pensamientos
así brotan como flores pestilentes en mi cerebro cuando
paso de 39 grados. Aquel desmedido dolor de cabeza me dotaba
de algunos poderes. Por ejemplo, podía mirar fijamente
a alguien sin rubor; con el cráneo a punto de explotar
desaparece el bochorno propio de algunas situaciones.
Una anciana, con la que debía ser su hija, me observaba.
Aquella mujer era lo único que me separaba de una baja
para aquel día, un papel que me llevaría bajo
las sábanas. Se llamaba Carmen y no me quitaba ojo.
Mientras, su acompañante , que confirmó ser
su hija, insistía en hacerla comprender una serie de
conflictos familiares pasados y presentes, abiertos y cerrados.
La abuela respondió:
-No se sabe, no se sabe...ayúdale, ayúdale,
ayúdale, ayúdame, ayúdale, ayúdale...
A continuación suspiró sonoramente, aliviada,
orgullosa de su respuesta. Parecía a su modo de ver
todo aclarado, aunque añadió:
-Estar sola, estar sola, no me pasa nada...estar sola, estar
sola...
Su hija, Claudia, me miró. Buscaba la supuesta complicidad
que tenemos los cuerdos cuando vemos un loco. Le sonreí
agradecido por la consideración.
-Pues yo también tengo lo mío, que ya ves el
panorama ( echó la cabeza hacia su madre, como rematando
a gol ). Y lo que no te cuento -puntualizó.
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Pero
sí, empezó a contar: decenas de injusticias
y errores ajenos sepultaron el silencio de la sala de espera
mientras mi energía vital resbalaba hacia el abismo,
hasta la desesperación. No volví a sonreirle,
pero daba igual por supuesto. Ya era tarde. Me pareció
una persona realmente atormentada, repleta de miedos. Pensé
que todo se debía a que tenía muchas posibilidades;
un amplio abanico de soluciones y problemas y... caminos...
torpezas y aciertos... Me los expuso sin piedad, sin orden
ni concierto, con una palabrería infiel a sí
misma y una mirada que nunca se posaba en mí, simplemente
chapoteaba.
La abuela volvió a lo suyo:
-Estar sola, estar sola, estar sola...
No podía negarse que tenía las cosas más
claras. Cuando las posibilidades van reduciéndose el
futuro está más claro y los temores pierden
su sentido. Finalmente pasaron a consulta, me quedé
a solas con la fiebre y el dolor, esperando ese papel que
me autorizaba a pasar el día en la cama. No tardó
en llegar otro paciente, llegó cojeando, probablemente
quería un papel como el mío.
-Estoy bien jodido -saludó.
Yo no quería hablar, no me interesaba invitación,
no había nada que hacer, salvo esperar. Permanecí
con la mirada puesta en él, sin abrir la boca.
Salieron madre e hija, la mujer atormentada dejó de
estarlo. Por fin tenía algo claro, un propósito.
Sus ojos ahora sí me miraban, pensé que tenía
algo que decir. Según me explicó, mi amigo pasaba
a consulta tras un leve gesto donde le cedí el turno,
el médico le acababa de comunicar que tenía
cáncer. Su discurso calmado producía un extraño
bienestar al oído. Ahora su vida pertenecía
a un deseo, que era compartido por mí de forma honesta.
-No se sabe, no se sabe, ayúdale, ayúdame, ayúdale,
ayúdale... -dijo la abuela.
Claudia acarició su pelo y sonrió suavemente. |
Relatos seleccionados por el escritor
© Jose Pleguezuelos Martinez, elegidos por el autor,
para su publicación en la revista mis Repoelas:
El abuelo ~ : ~ Home
sweet home ~ : ~ Perspectiva
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