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Cantaba
la rana... Y el eco de su croar, en mitad de la noche, es
un mapa, una guía para niños exploradores que
pretenden cazarlas. Sólo las luciérnagas parecen
despejar con su luz el polvoriento camino de vacas que la
chavalería transita. Cantaba la rana... Y el oído
avizor se agudiza para saber en qué dirección
se encuentra toda su colonia. Escuchan otros cantos de ecos
más pequeños que indican que ahí están,
casi imperceptibles. Alguien se acuerda de encender una linterna
y enfoca, a ciegas, a ver si puede pillar, por sorpresa, alguna
despistada. Cantaba la rana... Y el cazamariposas se aproxima
a la velocidad del rayo. Esta vez no se va a escapan. Otras,
se escabullen, debajo del agua... El safari aún ha
terminado. Varios cazadores, incursionan, una vez más.
Y alguna cae, atrapada, en una red traslúcida. Chicos,
ya es hora de levantar el campamento. Las luciérnagas
flanquean, en vuelo flotante, el camino de vuelta. Los jóvenes
cazadores entonan una canción desafinada. El croar
de las ranas supervivientes apenas, se distingue, salvo a
lo lejos, del griterío de la chavalería. En
un momento dado, las luciérnagas desaparecen. Un mugido
pone en guardia al grupo. ¡Es una vaca! Cuerpo a tierra.
Dispersión. La chavalería corre, despavorida.
Creen, por error, que la vaca les persigue. Sin embargo, en
su ceguera, la vaca avanza con suma lentitud, las luciérnagas,
compasivas, le indican, con su vuelo luminoso, el camino de
regreso al establo. |