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Desde niño
me he matado estudiando
para algún día discernir algo mismo,
y he visto con admiración el heroísmo
del caballero que se mata trabajando.
Al que saca las piedras de mi camino
dedico este poema en estricta justicia,
le digo feliz día del padre: ¡Albricias!
haciéndole la reverencia me inclino.
Ese caballero es mi padre, que ligero
en silencio sale sin importar si llueve,
meditabundo y presuroso se mueve
en el amanecer para rajarse el cuero.
El origen verídico del “Día del Padre”
cae en junio de mil novecientos nueve,
gracias a una mujer que se conmueve
viendo un ser que era padre y madre.
El segundo domingo de mayo pasado
decían que la madre era lo más noble,
sin recordar que ese padre es un roble
buscando la papa para su hijo amado.
Esa papa sagrada, que no es fácil tener
porque aunque te entregues por entero,
como un trabajador, asalariado u obrero
el amo, no siempre te llega a reconocer.
Reconocer a la santa madre: ¡Es justo!
porque es una fortaleza, es un baluarte,
pero el padre... también tiene su parte
porque su tono de paciencia es augusto.
La deuda que tengo es inconmensurable
siempre estás en mí… en todo momento,
fuiste mi escudo en mis peores tormentos
por eso la deuda que tengo es imborrable.
Todo ser merece el más grande respeto
y mucho más el padre que deja de comer,
para darle a su hijo que es ser, de su ser
canto antes de que me vuelva esqueleto.
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