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Para hacerse inmortal
deja su casa,
brama desde afuera y agosta sus brazos,
por batallones la luz perversa y miserable
tiembla y se agita como equipaje en sus ojos,
se ejercita y en cada intento a sajazos
le entrega un futuro inservible,
roto y hecho pedazos, como esperanza
que ha secado sus ubres.
Para hacerse inmortal deja su casa,
abandona la piel que contuvo su muerte,
las venas y los músculos que sanaron
sus saltos de comba y las carreras infantiles,
arrastra lo que queda de sí mismo y habla
pronunciando un idioma inexistente
domando las mañanas de domingo
con la suerte de un peón o su desgracia
y canta, siempre canta,
para espantar sus males.
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