El sueño
dispuso mis mandíbulas
a horcajadas
de un caballo
metálico,
mientras el costado
reposaba la estrechez
a través de las virutas
de un capó
que todavía sostiene
la lanza
atravesada sobre la placa
de cemento
en la viga maestra.
Sesgando
el envoltorio
del polvo,
la almohada
simula esposarme
a las tuberías interiores
de la resistencia.
Y comienza a llover...
El jergón del habitáculo
se desliza
por los peldaños
de mi garganta,
cuando los nervios
incrustados
en el anzuelo anterior
del vendaval,
me llevan
bajo la lámpara
de la plaza
decimonónica.
En ella,
se disuelven
las proyecciones sepia
de la infancia,
y una mujer
me invita a visitar
los raíles
que amortiguan
la encomienda de su fachada
mientras sostiene
una madeja de helio
en sus guantes
de goma blanca.
No puedo responder,
la trampilla
se descuelga
en la profundidad acuosa
de un diferencial,
donde dos antorchas
fecundan la esperanza
de poder entregarme
a los cimientos oceánicos
de la fortaleza.
En el zahir de la misma,
una de las dos llamas
se consume
en el deseo de resurgir
sobre la arena
de la playa;
allí,
todavía se promulga
la plegaria
de poder aguardar
el corte celeste,
ahora desplegado
bajo la nocturnidad
agitada
en el escalofrío
impreso
bajo el mural
adherido
a los colmillos
de las gigantescas
avenidas
del fénix.