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La
ciudad ha cambiado,
en el amanecer sus luces
tienen una pátina vieja,
les falta congruencia, hablamos
del corazón hundido de las casas,
del alma de las fábricas ennegrecidas
y su tristeza de óxido.
Las ventanas de recuerdos porosos
con vistas a las plazas, sólo existen
en puñados de fotos sepia,
en la anarquía polvorienta
y dócil de las estanterías.
Miro mis manos, sus ríos azules,
los años como tomos en desorden.
Siempre fui extranjera
en andenes de metro,
en fiestas de colmena,
en el frío monumental de iglesias.
Me reconozco, en vaqueros,
en blues de carretera,
en la amistad sin cadenas,
en el agua y algunos ojos. |