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Acuden
los recuerdos,
un lápiz de hematites los sombrea,
el diminuto sombrero de boda
y su rejilla sobre el rostro,
las flores de seda en la colcha,
la lámpara de araña, sus destellos.
Lágrimas al evocar
las ráfagas de sal en las heridas,
un rosario de lutos.
Maternidad dichosa,
rosas en las mejillas,
la letra de una nana entre los labios
meciendo tiempos de bonanza.
Regresan al andén de la memoria
viejas fotografías,
las flores del magnolio,
lejanos trenes y paisajes.
Tiembla en las manos un presagio,
desparramada por la cómoda la fe,
los objetos sin lustre,
en los huesos el frío.
Vigilia y sueño en el cristal
ahumado de las horas,
acaricias la luz como a un amante
que, sin pedirte nada, te rescata
a lomos de un corcel sobre la arena
de una desierta playa.
Al partir, tu blanco camisón,
movido por el viento y las alas
de esplendorosos cisnes,
es un punto diminuto en el éter,
la línea de la vida bajo el agua
helada del invierno.
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