No estás, alguien me robó tu presencia
en un descuido, a traición. Yo dormía
a tu lado. La noticia llegó, caía
desde el cielo mi pesada sentencia.
Y, aunque me opuse con resistencia,
aunque rogué al cielo noche y día,
aunque demostré que era sólo lo que quería,
condena fue la pena de tu ausencia.
Ahora no soy yo, mucho más es nada.
Ni hambre ni sueño ni esperanza tengo.
Sólo llanto, silencio y desconsuelo,
que me guían en cada madrugada.
De suerte que tu memoria retengo
y la luzco en mi pecho como duelo.