La
tragedia del circo
capítulo 1 |
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La tragedia comenzó al llegar el circo por primera
y última vez, al pueblo de Roldanillo.
Por la callejuela de La
Caliente desfilaron el séquito y sus atracciones
principales. Trasnocho
mayoral del tranvía y embaucador de viudas, ejecutó
la bocina al detener el vagón frente a La
Arcadia. Las matronas vestidas para la ocasión
y apoyadas en las verjas engalanadas con crisantemos, arrojaron
serpentinas de colores al paso del cortejo.
En la plaza mayor El
Loco Llanos; telegrafista de profesión
y a quien luego despidieran por enviar a Sor Casiana versos
impúdicos, encendió junto a Mil
amores ladrillero del Dovio,
Eulogio el tartamudo, Santacoloma
cantero en las
Tres Cruces, Clímaco el alfarero y Sady
el leñador de Higuerón;
los voladores que comprara a Don
Tulio el polvorero. |
Hombre que aprendiera el arte en
las afueras de Salamina,
en medio del nitrato y el látigo de su abuelo extremeño,
quien al ser carcomido por el recuerdo de la opulencia vivida,
descargó su ira durante años y en ayunas; en la
espalda del joven aprendiz.
El silbido logró impacientar a los elefantes, quienes
al sentirse desorientados, embistieron la jaula de las fieras.
En las puertas de La
Bogotana:
Gigio
el recadero municipal, exclamó estando junto a Pecueca,
lustrabotas y miem- bro del círculo de bebedores del
gordo Quintana,
Escalofrío secretario del tesoro, Cristóbal
el carbonero y Aguardiente
el carretero:
—-Que empiece la función.
A su vez; chiquillos con caras sucias y tirachinas en los
bolsillos, corretearon descalzos la jaula de los tigres evitando
a Tukmeq el domador. Fortachón ejercitado en desgajar
quijadas y quien fuera descubierto en Estambul, al doblar
un oso con el aliento. El hombre con mostacho enroscado y
camisón amarrado al talle, infundió temor al
azotar el látigo contra las piedras.
Más atrás; chimpancés con gorros de arlequín
y ojos saltarines, saludaron con muecas desbordadas al cura
Apolonio. Varón de luces sagradas y a quien encomendaran
esta parroquia, tras divisar en la entrepierna de Genaro -aprendiz
de monaguillo en la catedral de Manizales-, la cara descompuesta
del cardenal Molina. El párroco al esparcir agua bendita
a diestra y siniestra, aprovechó de buen agrado para
ver el trasero de Luciana.
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Barbieri sentado en los hombros de
Pinocho
el matarife —-diestro al matar a los cinco años
un polluelo y a los nueve al perro de Manuel
Cagada —-, rasgó las cuerdas del violín,
al evocar su lejana Sorrento. La lechuza craqueó sobre
el campanario de La
Ermita; al escuchar la alharaca armada por los elefantes.
Virgilio
campanero e infaltable en las riñas de gallos —-parroquiano
que alcanzara notoriedad en Roldanillo,
al sobrevivir a un rayo mientras lustraba el badajo de La
Ermita —-, tiró de la jarcia al aparecer
el desfile.
Evaristo
barbero y además alcohólico -debido a que fue
asaltado en la cuna para ser purgado con aguardiente mañanero-,
giró lala matraca al acercarse Perfecta Jamia; la trapecista
de Casablanca.
La negra Dominga, mujer con pupilas de carbón y manos
encallecidas; además de ser tabaquera de nacimiento y
vocera de cuanta novedad sucede en Roldanillo,
observó con asombro a los elefantes y al faquir de ayunos,
que en ese momento y con rabia disimulada, empujaba a Serruchito.
Perro de mediana alzada y escuálido como vaca a orillas
del Ganges.
Lucio
pregonero e integrante de la banda municipal, con gorra de ferroviario
y peto de albañil, acompañó con su corneta
la entrada triunfal del circo al pueblo. A su lado, Artemo cultivador
de piñas y reclutador de jovencitas para los prostíbulos
de Amorseco y Nazario
ladrón de gallinas, saludaron agitando los ponchos de
rayas difusas. A continuación; un enano con monteramontera
que jamás ha visto un toro, capote de paseo y taleguilla
resaltando sus vergüenzas; desafió a las mozas del
lugar, al imitar toda clase de suertes y filigranas. Al final
del desfile, Perfecta Jamia sobre un corcel armenio con cascos
de pedernal; saludó al despojarse la capucha.
Los lugareños observaron embelesados, el cabello bruno
jamás visto en Marrakech y Las
Pandales condiscípulas de Las
Borjas, se alejaron espantadas al ver las caderas
que incitaban al pecado. Su hermosura fue tal, que Juan Regia
desde el balcón de la alcaldía dobló las
campanas de La
Ermita a punta de bala. El alcalde militar con bigote
de barítono y bisoñé de pervertido; citó
a Nieves
el guardián del orden; para hacerle saber que decretaba
día cívico. Sin tardanza, ordenó traer
a Nicanor
el sastre. Hombre con perenne sed de Onofres y a quien suele
vérsele mitigando la solana, junto al samán que
ordenara sembrar Bolívar. Prócer que al arribar
a Roldanillo
para reabastecerse, dejara historia turbia al doblegarse ante
las ganas de una india virgen. Según le había
garantizado Elmo, dueño de las canoas que desfallecían
en las riberas del Cauca y al cual retribuyera por la gonorrea
manifiesta en la goleta Grampus.
El prócer al intentar orinar, exclamó:
—-Al arenero no lo hago traer; en vista de ya asoman los
realistas del Guaitará.
—-Quiero un traje de lino; con botones de marfil —-ordenó
el alcalde.
—-Pero en el pueblo no hay…
—- De eso nada; lo quiero para las tres de la tarde.
Los pueblerinos quedaron impresionados al ver la rapidez con
la que se armó la carpa. En un camello embriagado de
distancias, Ahmed el beduino, contratado en El Golea; aplastó
a las ranas al anunciar la función inaugural. Los viejos
del Café
Volga, a las puertas y agobiados por la tos, observaron
atónitos los empiedres ensangrentados y el desfile que
discurría en medio del jolgorio. Las señoras de
sociedad asistieron con sus mejores prendas. En la taquilla
ya se encontraba Pereque; buscando a Naím.
Juan Regia llegó puntual. Al bajarse del caballo con
arnés de oro —-obsequio de Tres
pelos —-, miró con desprecio al encender
la pipa que le fuera enviada desde Bagdad.
La voz de Mounir tronó con acento extraño, al
dar gracias a Mahoma por traerlos con bien a tan lejano lugar.
El faquir de Calcuta, con destreza inusita- da y luego de
saludar con los brazos abiertos, empezó a lanzar cuchillos
encendidos, al círculo de madera en el que temblaba
Antonija. Los trapecios esperaron a Perfec- ta Jamia; con
la misma impaciencia de Juan Regia. El alcalde militar no
esperó más:
Desenfundó el revólver y al bajar a la arena;
disparó a Mounir. El musulmán cayó boca
arriba y se quedó mirando las franjas hasta que sus
ojos se cerraron. Perfecta Jamia al ver la escena, se desvaneció
tras el telón. Juan Regia acercándose con paso
alargado, la recogió. La locura pronto lo invadió.
Ordenó desalojar y quemar el pueblo. No tardó
en tenerla en su aposento. El desenfreno llegó a tal
grado; que la mujer en pleno arrebato, arrancó los
botones de marfil. Juan Regia dio rienda suelta a la pasión.
Al extinguirse el ardor, bebió hasta perder la conciencia.
Bien entrada la mañana del sábado, el alcalde
despertó. Intentó abrochar el saco; no pudo.
La cama impregnada de onofre, indicó al hombre que
algo inusual había acontecido. Miró a través
de la ventana: el pueblo respiraba hollín.
Abrió la puerta y salió. En el borde de la acera
esquivó a las ranas. Al mirar a un lado, halló
a Porcelana
escarbando con una rama de eucalipto.
—-Si ordené desalojar y quemar el pueblo ¿por
qué aún estas aquí?
Porcelana
se incorporó y al abrir la mano; dejó escapar
los botones de marfil.
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Textos
de © Alberto Fabral , seleccionados por el propio autor
para la revista mis Repoelas:
La tragedia del circo |
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