SEPULTURA
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Antenor
Durante ya andaba por los setenta y había pensado que
del tiempo para vivir, le quedaba poco.
Meditaba sentado sobre unas bolsas de neneo, que sabía
juntar para su vecina, doña Clotilde Damaso, que usara
para prender el fuego de la mañana, cuando el cardo
no era suficiente o estaba muy húmedo para arrancar
el mate con un frío demasiado intenso, propio de un
paisaje exageradamente hostil.
En esta ocasión, repasó su vida desde que tuviera
memoria y encontró de todo, como cosas que se sacan
de un baúl destartalado y viejo, recuerdos de haber
sido aguatero de chico, el haberse colgado con implores a
los capataces para formar parte de algún grupo de baqueanos
que arreaban ganado para el lado de la costa, cuerpeando inviernos,
blasfemando a los soles calientes del verano que convertían
el día, en infiernos largos y descansos cortos; su
primer petiso, "Sortija", que se le murió
vaya a saber de qué peste; recordó el sabor
del acostarse a campo abierto sin haberle echado nada a la
panza; su primera daga, el boliche del irlandés y su
primer pelea que le quedó clarita con un medio barbijo
del lado derecho de la cara y que sabía disimular con
un principio de barba desprolija.
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Los años buenos
y su primera moza que robara de un baile en los pagos de Pilcaniyeu;
el rancho, armado a pulmón con la patrona, levantado
a fuerza de sacrificios en el potrero que pudo conseguir de
unos gringos que se volvieron a su tierra y los hijos que no
vinieron para dejar un poco de su nombre sembrado por la pampa.
Cuantos recuerdos, si era como para llenar un mundo de ellos
y que poco le quedaba de tanto. A esta altura se recorrió
con la mirada desde abajo, botas viejas, chiripá deslucido
por el uso y por el tiempo, camisa con cinco ojales y dos botones,
completando la vestimenta un sombrero con las alas caídas
como el dueño y medio engrasado del lado de donde se
lo agarra para calzarlo y tapar la cabeza, habitada por algunos
pelos grises, que de tan pocos, no valía la pena de gastar
en peine.
Miró a su alrededor, sacó la pala del galpón
y enfiló para la loma, a unos ciento veinte metros de
donde estaba. De allí se distinguía todo el potrero;
la aguada, los teros,
los corniles, el runcho del lado de la puerta y un horizonte
limpio como su ropa cuando vivía la finada.
Estuvo cavando en silencio hasta el atardecer, concluyó
por fin una fosa rectangular de unos ochenta centímetros
por dos metros y en profundidad hasta donde dio el cabo de la
pala, se sintió conforme, pensó que así
estaba bien, ahora sólo restaba avisarle a sus conocidos
que cuando Dios lo llame, le hagan la gauchada de sepultarlo
en ese lugar y que para eso él les había ahorrado
el trabajo. Ni flores crecían en ese yermo, de manera
que no se le ocurrió el detalle, pero seguramente alguna
"pollera" le iba a arrimar unas cuantas margaritas
aunque sea y entre todos un medio rezo para que su alma descanse
tranquila en algún sitio, donde no haya escarcha en la
mañana ni se sufran penurias, pero sí soles que
entibien sin quemar y no se tenga que torcer el lomo para ganarse
el pan. En algún lugar lejano de boliches, de peleas
y en el que las cosas queridas por uno no se vayan nunca. También
pensó que desde ahí, enterrado en la loma, podría
vigilar su campo y pegarle algún que otro vistazo al
rancho, a la aguada, a los teros y ver caer la última
luz todas las tardes que estuviese muerto.
Se sentía cansado pero bien, satisfecho por haber resuelto
las cosas de esa manera, y hasta llegó a pensar que cuando
hubiese tormenta, el agua no le haría daño a la
sepultura por estar en la loma, entonces se acostó feliz,
como nunca se había visto en su vida, tal es así
que se olvidó de darle de comer a los pocos animales
que le quedaban, un matungo viejo, un par de gallinas, una oveja
y dos perros hambreados que daban pena por lo consumidos que
estaban.
Esa noche soñó con palas, ranchos, mozas, perros,
tropas, con la tibieza de un paraíso celestial y con
un atardecer en forma de rectángulo que lo llamaba. De
vez en cuando abría un ojo y al oscuro tanteaba la botella
de ginebra que tenía al lado del catre y la bajaba un
poco, para seguir soñando. |
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Cuentan
los conocidos, que murió a los setenta y seis, y los
memoriosos hicieron su voluntad, grabada a fuego de tanta repetición,
salvo dos detalles: el primero es que no pudieron cubrir la
sepultura, puesto que el Antenor había usado la tierra
en vida, para rellenar unos pozos que se le habían hecho
en la entrada del rancho debido a las garúas del invierno,
sumadas al pisadero de los bichos que andaban sueltos por ahí;
el otro, es que no había especificado para que lado lo
tenían que orientar, así que lo pusieron al revés
de su deseo, de espalda al rancho, mirando para el lado de unas
plantas de tomillo desparramadas por la loma y que daban al
naciente, cosa que detestaba; mejor dicho las dos cosas que
detestaba; los tomillos y el amanecer del día.
Y allí estará el Antenor Durante, a cielo abierto
nomás, rezongando vaya uno a saber en el misterio de
qué lugar. Para colmo de males, no faltó el comedido
que agregara a lo solicitado por el difunto, una cruz rudimentaria
con la leyenda: "Aqí yase el vesino Nicanor
Durante" y más abajo con letra casi invisible:
"Un hombre callao pero sabio y que Dios lo tenga
ande pueda".
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RELATOS: La
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para Eulogia
La nueva tierra
poemas de Alejandro Guión |
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