| Un
ataque de ingenio por parte del oficial hace que tire los
barreños al suelo con toda el agua. Escucho comentarios
a mi alrededor que dicen que ha sido un accidente pero sé
que es mentira. Hay pequeños charcos en los surcos
del suelo y la gente se lanza a beber como los perros, ellos
no saben que el perro hace el movimiento contrario con la
lengua y que apenas podrán coger dos gotas. Pero ahí
están, hombres que lo han tenido todo, ricos, con orgullo.
Me cabreo, estoy muy enfadado, no me agacharé, no les
daré esa satisfacción, estoy harto; si he de
morir, moriré, pero nunca viviré bajo sus reglas,
no permitiré ser su bufón. Porque eso es lo
que somos para ellos.
Levanto
la vista y les miró, todos están riendo como
locos, parece que es lo mejor que han visto en su día.
¡Manda cojones! Entonces me detengo en una chica en
particular. Una pseudo dama, muy arreglada, tiene un pelo
castaño claro con bastantes ondas, unos ojos azules
gigantes, un buen cuerpo; simplificando, es preciosa.
Pese
a su belleza, me repele, no me acercaría a ella ni
aunque fuera la última mujer en la Tierra. Los demás
visten el uniforme de los monstruos, y siendo coherentes,
actúan como tales. Pero ella, esa pequeña mini-nazi,
esa idiota que se cree dama, ésa es peor que ellos,
porque los demás saben lo que son, ella se cree mejor,
se cree por encima del sistema y lo que no sabe es que es
la que más asco da.
La
miro. Descargo toda mi ira contenida en ella. Creo que lo
nota porque empieza a apartar la vista. Me divierto; así
que al final va a resultar que tan orgullosa y tiene miedo
de un simple judío que ni siquiera podría darle
dos buenas bofetadas sin que le mataran. En medio de mi locura,
me resulta graciosa y todo. Se toca el pelo y mira hacia otro
lado, está nerviosa.
Se
pone seria, me mira buscando mi aprobación pero no
quito mi cara de asco. Supongo que no estará acostumbrada
a que un hombre no pueda mirarla sino con cara de deseo. Pequeña
princesa con el corazón hecho de abono.
De
repente, ¡Pum!, un sonido seco y gritos desesperados
de una mujer. ¿Pero qué coño ha pasado?
Surgen los chillidos a mí alrededor, un niño
ha muerto por un golpe.
Entonces
la miro, no sabría definir lo que parece. Ninguno de
los alemanes ríe, pero donde todos miran como si fuera
un fallo técnico, ella parece ¿triste? Sus ojos
azules parecen ¿vidriosos?
No
me da tiempo a hacer más conjeturas cuando oigo un
grito que conozco muy bien, madre, están metiendo a
las mujeres de nuevo a los vagones. «¡No!»,
grito con toda la potencia de mi voz.
Doy
dos zancadas y llego donde las habíamos dejado, las
agarro con las manos con tanta fuerza que noto que les hago
daño, seguro que mañana tendrán unos
buenos cardenales. Unos oficiales intentan arrancármelas
pero no los dejo. Siempre he sido bastante fuerte y esta vez,
pese a estar cansado, he decidido emplear toda mi potencia
hasta que se acabe, me da igual no tener después.
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