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JUICIO DE GENES*

Ahora, cuando ya pienso que no voy a sobrevivir al tren de la muerte, éste para y oigo cómo los candados ceden y la luz entra. Mi padre y mi madre se abrazan con fuerza, yo levanto a mi hermana, al palo en que se ha convertido. Salimos deprisa, me duele la vista.

Creo que soy un topo que no se acostumbra a la luz, creo que puede cegarme y bajo la vista. En ese momento, un general del tercer Reich aparece con lo que parecen barreños de agua. No he experimentado tanta alegría desde hace mucho tiempo. Padre coge una cantimplora y yo otra, dejamos a madre y Gabriela sentadas, abatidas, y ambos salimos corriendo.

Hay dos colas, así que padre va a la de la derecha y yo a la de la izquierda, corriendo pese a estar cansados, felices aunque nos dirigimos a nuestro final.

Un ataque de ingenio por parte del oficial hace que tire los barreños al suelo con toda el agua. Escucho comentarios a mi alrededor que dicen que ha sido un accidente pero sé que es mentira. Hay pequeños charcos en los surcos del suelo y la gente se lanza a beber como los perros, ellos no saben que el perro hace el movimiento contrario con la lengua y que apenas podrán coger dos gotas. Pero ahí están, hombres que lo han tenido todo, ricos, con orgullo. Me cabreo, estoy muy enfadado, no me agacharé, no les daré esa satisfacción, estoy harto; si he de morir, moriré, pero nunca viviré bajo sus reglas, no permitiré ser su bufón. Porque eso es lo que somos para ellos.

Levanto la vista y les miró, todos están riendo como locos, parece que es lo mejor que han visto en su día. ¡Manda cojones! Entonces me detengo en una chica en particular. Una pseudo dama, muy arreglada, tiene un pelo castaño claro con bastantes ondas, unos ojos azules gigantes, un buen cuerpo; simplificando, es preciosa.

Pese a su belleza, me repele, no me acercaría a ella ni aunque fuera la última mujer en la Tierra. Los demás visten el uniforme de los monstruos, y siendo coherentes, actúan como tales. Pero ella, esa pequeña mini-nazi, esa idiota que se cree dama, ésa es peor que ellos, porque los demás saben lo que son, ella se cree mejor, se cree por encima del sistema y lo que no sabe es que es la que más asco da.

La miro. Descargo toda mi ira contenida en ella. Creo que lo nota porque empieza a apartar la vista. Me divierto; así que al final va a resultar que tan orgullosa y tiene miedo de un simple judío que ni siquiera podría darle dos buenas bofetadas sin que le mataran. En medio de mi locura, me resulta graciosa y todo. Se toca el pelo y mira hacia otro lado, está nerviosa.

Se pone seria, me mira buscando mi aprobación pero no quito mi cara de asco. Supongo que no estará acostumbrada a que un hombre no pueda mirarla sino con cara de deseo. Pequeña princesa con el corazón hecho de abono.

De repente, ¡Pum!, un sonido seco y gritos desesperados de una mujer. ¿Pero qué coño ha pasado? Surgen los chillidos a mí alrededor, un niño ha muerto por un golpe.

Entonces la miro, no sabría definir lo que parece. Ninguno de los alemanes ríe, pero donde todos miran como si fuera un fallo técnico, ella parece ¿triste? Sus ojos azules parecen ¿vidriosos?

No me da tiempo a hacer más conjeturas cuando oigo un grito que conozco muy bien, madre, están metiendo a las mujeres de nuevo a los vagones. «¡No!», grito con toda la potencia de mi voz.

Doy dos zancadas y llego donde las habíamos dejado, las agarro con las manos con tanta fuerza que noto que les hago daño, seguro que mañana tendrán unos buenos cardenales. Unos oficiales intentan arrancármelas pero no los dejo. Siempre he sido bastante fuerte y esta vez, pese a estar cansado, he decidido emplear toda mi potencia hasta que se acabe, me da igual no tener después.

Voy ganando. No me lo puedo creer. Puedo con ellos. Entonces ¡Pum! De nuevo, un palazo en las espinillas hace que pierda el equilibrio y caiga al suelo. Intento aferrarme a sus faldas desgarrándolas. Los alemanes son rápidos, las cogen y las meten en el vagón sin echar la vista atrás.

*‘Sangre y corazón: Juicio de genes’ de Alexandra Manzanares Pérez, publicado por Éride Ediciones. Se corresponde al primer encuentro entre Ishmael y Juliana



Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras