| Desecho ese pensamiento que me incomoda,
¡fuera!, e intento conciliar el sueño. Tan solo
consigo hacer la croqueta; es decir, giro mi cuerpo de derecha
a izquierda sobre el colchón como si fuese una fritura
que está cogiendo el rebozado. Y es que estoy dando
las mismas vueltas que mi cerebro le está dando a todo.
Emplea la misma energía tanto en lo importante como
en lo superfluo.
Noto la lengua acartonada, parece formar parte del tedioso
discurso que se lidia en mi cabeza. ¡Como si se quejara
de lo cansada que está por ello! Me levanto a beber
un vaso de agua para darle tregua. Justo cuando el borde del
cristal se acerca a mi boca, me da por analizar la situación
desde una perspectiva diferente, por supuesto, una mucho más
razonable: llego a la conclusión de que si bebo demasiado
y al final consigo dormirme, despertaré con ganas de
hacer pis y no podré retomar el sueño, así
que lo suyo ahora es tirar el agua por el fregadero.
Nueva inquietud idiota. Nueva conducta estúpida: coger
agua en un vaso y tirarla por el fregadero. Otra vez actuando
de manera triste y repetitiva. No se me está dando
bien esto de ser sensata, dudo tanto en mis deducciones que
parezco imbécil.
Respiro profundo, como si de ello dependiera
mi vida, como si eso fuera a salvarme. Puedo escuchar cómo
la frecuencia de mis pálpitos va en aumento. Carraspeo.
Hay algo que me presiona y va creciendo dentro de mí.
Carraspeo de nuevo. «Venga, tranquila. Tú puedes.
Racionaliza la situación, contrólate…»
Pensamiento
intruso. ¡No! no puedo más, creo
que voy a escupirlo: ¿Me-me-me si-si-siento so-so-so-la?
Va-va-vaya…, aunque estoy sola, es lo que quería,
¿no? Libertad… ¿O no? E-E-Es lo-lo-lo
lo que se-se supone que-que que necesito…, ¿no?
Eso es… no-no-no… no puedo… ¡Dios!Ahora,
hasta mi discurso interno padece un estúpido tartamudeo
dubitativo, no arranca a pensar con fluidez. Quería
salir de casa de mis padres, tener mi propio hogar. Pensamiento
intruso. ¿Por qué ahora duele?
Comienzo a hiperventilar, mi pecho se mueve sin control. «Párate,
piensa, analiza algo, lo que sea, agárrate a lo sensato…»
Carraspeo de nuevo, esta vez para proceder mejor en el discurso
sobre el análisis de mi recién estrenada independencia:
dicen que la libertad de uno acaba donde comienza la del otro.
Puede que los humanos no sepamos valorar nuestra libertad
cuando no tenemos como referencia el límite de otra
persona. Me explicaré mejor: se supone que el área
que ocupa nuestra libertad acaba en la de otra persona, pero
si no tenemos a nadie cerca, es decir, si estamos solos, y
no podemos ver el propio límite de esa otra persona…,
¿cómo identificar el final de nuestra libertad?
Se trataría de algo tan inmenso que no seríamos
capaces de determinar dónde está el final y
dónde el principio, y tan solo podríamos percibir
un continuo de algo, sin poder concretar qué es. Algo
así como el inmenso espacio. Entonces, ¿necesitamos
a otra persona para sentirnos realmente libres? ¿Ver
su límite para objetivar el nuestro?
Es increíble el discurso tan organizado que acabo de
vomitar. Apenas confuso. Digno de la coherencia que pretendo...
Me estoy metiendo en un bucle tan lleno de racionalidades
que me parece estar perdiendo la cordura. Me lío, me
hundo, estoy cayendo en un discurso tan sensato y lógico
que me está dejando fría. Helada entre copos
de excusas para no sentir… ¿el qué? «Te-te-te
sientes so-so-sola», me responde el tartamudeo. Vaya,
tal vez, ¿esto era lo que me desvelaba?
La palabra «sola» retumba en mi cráneo,
fisura los huesos y se filtra inundándolo todo…:
«sola». Siento ganas de llorar; en vez de ello,
me mantengo firme en el estúpido intento de analizarlo
todo para no dejarme arrastrar por… no sé…
Pensamiento
intruso.
Prefiero jugar con la palabra «soledad». Puedo
observar dos términos incluidos en ella: «sol»
y «edad». El «sol» es algo que suele
producir alegría, que nos calienta y da calidez, lo
mismo que una buena compañía. ¿Cómo
puede ser tan irónico? Sin embargo, la «edad»
es algo que nos asusta, da vértigo, nos gustaría
estar acompañados de alguien que venciera a la vejez
en un duelo a espadas. Que nos quisiera cada día que
pasa más y más y dejara de lado las cremas hidratantes,
el botox
y la cirugía. ¿Pero por qué buscamos
una persona que lo haga? ¿No podemos vencerla nosotros
mismos? ¿A solas?
La habitación se impregna de un profundo suspiro. ¿Será
posible…?, ¿me ha parecido escuchar eco? Es probable,
porque todo está vacío. De nuevo, algo me aprieta
el pescuezo y me asfixia. Esa cosa sigue creciendo. Se vuelve
dolorosa, ya no me cabe dentro y la expulso por la boca, estrellándola
contra la pared vacía. Rompo a llorar. Los sollozos
truenan en la habitación con demasiada fuerza, relampaguean
imposibles de soportar. Por fin algo maduro, equilibrado,
sesudo, coherente y cuerdo: identificar a mi habitual amiga:
la angustia. He intentado que ese nudo que subía por
mi garganta no estallara, porque parecía algo irracional,
sin aparente forma, algo poco coherente; pero dejar que las
lágrimas escapen me parece mucho más juicioso
que echarle las culpas de mi insomnio a un ser inanimado como
el reloj. Creo que voy a romper de una vez con la racionalización
y el análisis de las palabras. Empezaré a sentir.
Casi mejor me levanto de la cama y dejo de una puñetera
vez de pensar.
Me acomodo en el sofá. Tomo aire, tan profundo que
siento mis alvéolos vibrar, y enciendo el televisor.
Aparece ante mí un canal de música donde suena
una melodía celta. Cierro los ojos y escucho la canción.
Por un momento me siento bien. Relajada. Los ritmos reconstruyen
las grietas que la palabra «sola» había
dejado en mi cráneo con la facilidad de un puzle de
dos piezas. ¿Cómo puede ser que la música
consiga calmar y engañar a mi mente y yo no sea capaz?
¿Contra quién estoy luchando? Es absurdo, porque
batallar contra la ansiedad de la soledad hace que te enfrentes
a un enemigo tan cercano como descabellado: tú mismo.
Es sencillo de entender, no te gusta estar contigo misma a
solas, por lo tanto tendrás que aceptar la hiriente
verdad: no te gustas nada... De repente, se me ocurre, ya
que yo no dispongo de ningún tipo de control sobre
esta angustia, que si la música ha calmado mi mente,
tal vez el agotamiento físico también pueda
hacerlo. Pensamiento
intruso.
No puedo creerlo, son las cuatro de la mañana
y estoy practicando footing... Esto ya es de locos, o patético,
el hecho de subir y bajar las escaleras comunes del edificio.
Estoy tan egocéntricamente involucrada en mi ansiedad
que soy incapaz de creer que algún vecino pueda verme.
Algo bastante probable, por cierto. Y es que la ansiedad te
quita la inteligencia de golpe y porrazo. Estaba dispuesta
a salir al parque; al final no me he atrevido a cruzar el
portal; a estas horas es peligroso ir por ahí sola,
así que aquí estoy: triste y sucesivamente,
repetidamente, subiendo y bajando las escaleras comunes. Estúpido
acto autómata y desesperado de una noche de insomnio.
Voy en escalada; respecto a lo de estúpido, me refiero.
Entonces, mis recientes temores se cumplen. Me falta el aire
cuando veo a uno de mis vecinos, un piso por debajo, intentando
introducir la llave en la cerradura. Es joven, tal vez algo
mayor que yo.
Por favor, por favor… que no me vea… Tarde. Levanta
la cabeza y me observa, con una mirada inyectada en sangre,
apenas pudiendo enfocar. Sin ni siquiera inmutarse ante mi
presencia, vuelve a su imposible labor de abrir la puerta
de casa.
¡Joder! ¡Joder! ¡Qué vergüenza!
Ya no hay tiempo para esconderse. ¿Podría disimular?
¿Y si finjo…? ¡Pero qué vas a fingir!
Si estás a las cuatro de la mañana vestida con
tus mejores galas: unas mallas de correr, un top de deporte
y un estúpido coletero. Sudada, enrojecida..., ¡subiendo
y bajando escaleras! ¿Me habrá visto hacerlo?
¿Creerá que estoy como una cabra? ¿Que
las mallas me quedan demasiado ajustadas? ¿En qué
estaría pensando? Apenas conozco a mis vecinos; estoy
segura de que a partir de ahora se dirigirán a mí
como «la loca de las escaleras»… Puede que
«la gorda de las mallas» o… mejor…
«la maratoniana agorafóbica»… Pensamiento
intruso.
¡Pero hombre, Eloísa! ¿Cómo se
te ha olvidado que la población mundial es de unos
siete mil millones de personas y que normalmente a menos de
veinte metros siempre se encuentra una? Para bien y para mal.
Si es que la ansiedad te elimina la inteligencia de un batacazo.
Y sigo en escalada hacia la máxima estupidez, porque
no se me había ocurrido que a las cuatro de la mañana
de un jueves pudiera haber nadie despierto; creía que
todos estarían dormidos en un profundo y placentero
descanso, que todos, menos yo, disfrutaban de lo que más
anhelaba en ese momento: el sueño… Es impresionante
lo egocéntricos que podemos llegar a ser. ¿Cómo
podemos sentirnos tan solos con tanta gente alrededor?
El borracho aprieta los ojos y, desistiendo en su tarea de
abrir la puerta, intenta enfocar mi imagen. No sé por
qué demonios me he quedado tan bloqueada. Se me ha
olvidado reaccionar. Sigo jadeando, por culpa del resultado
de la suma del ejercicio físico, la sorpresa y mi capacidad
de autocrítica. Por fin, decido dar media vuelta hacia
la seguridad de mi solitario hogar. ¡Mira! Ventajas
de estar sola, puedes hacer el ridículo dentro de cuatro
paredes sin que nadie te vea. Puedo esconderme.
Entonces, aquel hombre me echa un silbido y añade:
–¡Pero qué culo!
Me quedo estupefacta y paralizada. ¿Pero «qué
culo»? ¿Quién? ¿Yo? Incluso me
lo miro de perfil. Bueno, tal vez no esté tan mal.
Las mallas lo marcan bien… La curva que dibuja con mi
espalda es acentuada… Un ruido me saca de mis principiantes
valoraciones positivas: el vecino, borracho como una cuba,
se ha golpeado con la cabeza en la puerta y se ha quedado
apoyado sobre esta, dormido, de pie, y sin completar con éxito
su tarea de entrar en casa.
¿Huyo?, no debería ser tan ruin. Bajo despacio
las escaleras, no quiero aproximarme a mi destino fatal. Al
acercarme a menos de un metro, no puedo evitar dibujar una
mueca de asco: huele a una mezcla de alcohol, vómito
y orina. Lo balanceo suavemente, agarrándolo del hombro.
No se despierta. Lo zarandeo un poco más fuerte, él
entreabre los ojos:
–Tienes unos labios preciosos –dice.
Se golpea de nuevo contra la puerta, esta vez con mayor sutileza,
y vuelve a quedar medio inconsciente. Todo es un desastre;
observo con horror que una baba comienza a acercarse a la
comisura de su boca. Miro a mi alrededor buscando ayuda. No
hay nadie, de nuevo sola. Vuelvo a zarandearlo, nada. Con
verdadero y nauseabundo asco, me veo obligada a hacer algo,
así que paso su brazo por encima de mi cuello, con
la otra mano termino de meter la llave en la cerradura y abro
la puerta. Con esfuerzo consigo llevarlo hacia el interior,
él me ayuda con pasos descoordinados. Logro tumbarlo
en el sofá. Al volverme, no puedo evitar echar un vistazo
a la casa, todo está en el más absoluto orden.
La decoración es sencilla pero elegante. Como si solo
se hubiera parado a pensar en ello unos pocos minutos, y pese
a todo hubiera acertado de lleno. Saco las llaves de la cerradura
y las dejo en una mesita del vestíbulo. Cierro la puerta
y comienzo a subir las escaleras. ¿Cómo una
persona que aparenta tanto orden en su casa, en sus cosas…
puede estar tan desordenado por dentro? Me doy un respiro
y me permito tener un pensamiento algo más amable,
que me dice con cariño: «¿Por qué
estás preocupada por tu imagen, cuando él está
borracho como una cuba, y apenas es capaz de mantenerse en
pie y oliendo a orines?»
Una vez en casa, no tengo intención de dormir. Estoy
demasiado nerviosa como para intentar relajarme de ninguna
manera, así que creo que es mucho más coherente
emplear mi tiempo en algo productivo. ¡Me pondré
a leer!
Mi madre lleva tiempo hospitalizada. Los médicos no
conocen la causa de su dolencia, pero están a punto
de darle el alta tras su mejora. La incertidumbre, el hecho
de carecer de explicación para su enfermedad, me produce
cosquillas en la tripa y, por más que me rasque, no
consigo que desaparezcan. Me duele pensar que ha estado realmente
mal. En esos momentos, cuando incluso pensábamos que
podía morir, estuvo leyendo este libro que ahora tengo
entre mis manos. Estaba tan inmersa en él que no lo
dejaba por mucho que los médicos le hubieran pedido
que reposase, como si fuera lo último que quisiera
hacer en esta vida. Una tarde en la que se sentía realmente
mal, y estando las dos solas en la habitación, me pidió
que lo leyera, y lo hizo con alarmante insistencia.
Tomo el libro y lo observo. No me había fijado con
detalle en él hasta ahora: la tapa es vieja y no hay
nada escrito en ella, solo unos dibujos decorativos con formas
infinitas en espiral. Los bordes parecen roídos y las
páginas se ven amarillentas. Me produce gran curiosidad
y excitación; da la sensación de ser algo valioso,
algo importante y antiguo. Como si tuviera entre mis manos
una reliquia o un secreto. No se nombra al autor y, para mi
sorpresa, al abrirlo veo que está escrito a mano, con
pluma y caligrafía antigua, temblorosa... Ahora que
mamá se encuentra bien, podré preguntarle sobre
la procedencia y por su imperiosa necesidad de tenerlo. Comienzo
a leer.
Alona Solís se sentaba en el alféizar de su
ventana, escuchando el tran-tran de los carromatos tirados
por caballos. Su amplia mirada, sus ojos panorámicos,
lo observaban todo y con cada parpadeo memorizaba el mundo
exterior. Lo que mejor se le daba era guardar recuerdos.
Siempre establecía dos clasificaciones: recuerdos
de color azul como su iris y recuerdos de color negro como
su pupila. Sabía que estaba sola, y que debía
sentirse así, pero aún no le había
dado tiempo de asimilarlo, no había sido capaz de
reconocer que no tenía a nadie en este mundo.
Abrió los ojos y observó a una mujer de rubia
cabellera. Recuerdo de color azul..., su madre tenía
el pelo dorado y brillante, que ataba graciosamente en una
coleta para trabajar. Parpadeó.
Reconoció el banco de enfrente..., recuerdo azul...,
su padre trabajaba en él. Parpadeó.
Divisó las tiendas de verdura y fruta. Recuerdo azul...,
había jugueteado en muchas ocasiones con las piñas,
como si fueran sombreros exóticos. Parpadeó.
Observó el horno de fuego de la panadería.
Recuerdo negro..., el fuego vivo, chispeante, abrasador,
indomable y fiero. Parpadeó dos veces.
Vio el humo que producía la chimenea de las casas
en invierno. Recuerdo negro... El humo le había impedido
encontrar la salida en ese infierno de llamas y la había
introducido en un profundo sueño en el que solo podía
escuchar cómo la llamaban de entre las sombras. Parpadeó
tres veces. No podía olvidar los alaridos de sus
padres compitiendo por gritar más alto que los chillidos
de las chispas del fuego. Las imágenes de aquel recuerdo
acudían con una viveza punzante. Cerró los
ojos y decidió no volver a abrirlos nunca más.
Cualquier recuerdo le dolía: los azules rabiaban,
los negros rasgaban.
Entonces llamaron a su puerta. No se dio la vuelta, ni abrió.
Se quedaría petrificada de por vida. Ni siquiera
volvería a parpadear. Así lo había
decidido.
–Alona, querida –se escuchó decir a la
señora Pody–. Tienes una visita… Pase,
señor. No está muy habladora, pero es buena
chica; ya sabe, tan solo tiene diez años. Nadie tan
joven debería haber sufrido tanto. ¡Pero es
fuerte! Sí, señor, ¡lo superará!
–Sollozó mientras salía de la habitación,
entre vocablos tristes e incoherentes–. ¡Ay,
Dios mío, qué terrible desgracia! A veces
una se pregunta por qué suceden estas cosas tan horribles...
La señora Pody, una mujer de origen inglés,
tendía a hablar sin cesar. De aspecto rollizo, como
si se pudiera reposar blando sobre ella, era la ternura
personificada; aunque en ocasiones, se mostraba tremendamente
inestable tanto en el contenido de su discurso como en sus
emociones, altamente expresadas. Llevaba el pelo enmarañado
y solía sudar a menudo, pero su olor era el de una
bandeja de galletas recién hechas. Se trataba del
ama de llaves de aquella casa, y ahora también de
la única persona responsable de la niña.
Alona quedó a solas con el desconocido; aquello no
cambiaba nada, lo había decidido, nunca volvería
a abrir los ojos. Cualquier otra actitud diferente a aquella
cómoda anestesia dolía. Por ello, miraba con
los ojos cerrados por la ventana, indiferente a la vida.
Moret Moyano entró en la habitación y observó
a la niña sentada de espaldas a él. Lo que
a continuación ocurrió fue dirigido por la
intuición, por la captación de detalles que
se alejan de lo evidente para presentar lo más dulce
de la vida: la sorpresa. Alona, a pesar de su resistencia
a creer y esperar, sintió una presencia increíblemente
serena. Algo que le producía vibrantes cosquillas.
Abrió los ojos y se le erizó el pelo. ¿Quién
o qué podía causar un segundo de paz en aquellos
momentos? ¿Quién le producía una emoción
cuando evidentemente estaba anestesiada, incapacitada para
sentir? ¿Quién luchaba contra la desesperanza
y el dolor por ella? ¿Quién vencía
a sus ganas de no existir? Se giró y lo vio. No era
el aspecto, era su aureola lo que le definía. Tal
vez su fragancia, tal vez aquello que no destacaba visible.
Se miraron.
Los ojos de Moret eran de color marrón. Extrañamente
claros, casi transparentes, enormes y con pestañas
de avestruz. Parecía no existir una palabra adecuada
para describir su mirada. Tenía algo que decir y
algo exquisito que ocultar. Alona no era capaz de resolver
su mensaje, y la curiosidad era tan inquietante que por
un segundo se olvidó de los recuerdos negros y también
de los azules. Él pareció darse cuenta de
todo, ser conocedor del universo y guardar tras de sí
un gran secreto. Sin decir nada, salió de la habitación
y bajó con paso sereno las escaleras. Alona escuchó
al detalle el crujir de sus pisadas; alrededor, todos los
demás estímulos habían quedado embotados.
Antes de que la señora Pody volviese a su habitación,
sabía lo que iba a pasar. Él ya se había
encargado de decírselo nada más marchar, sin
ni siquiera utilizar palabras: la acogería. Lo cierto
era que Alona no entendía de palabras, prefería
observar, y él le habló en el mismo idioma.
La señora Pody insistía:
–Alona, querida… –Se aclaró la
garganta y cogió aire antes de continuar–.
Sabes que, después de lo que ha pasado, no podemos
seguir así. Ahora debo cuidar de ti, pero mucho me
temo que no tenemos recursos. Me he puesto en contacto con
una vieja conocida. Sirve para el señor Moyano y
le ha hablado de nuestra situación. Es un hombre
muy generoso y nos ha ofrecido un lugar donde vivir con
comodidad a cambio de que trabajemos para él. Tus
padres no pudieron dejarnos el suficiente dinero como para
que ahora podamos subsistir solas...
La mujer reemprendió su suave e incesante sollozo,
abrazó a la niña y salió de la habitación.
Alona volvió a dar media vuelta y, sin permitir lágrimas
en sus ojos, permaneció el resto del día asomada
al alféizar de la ventana. Esta vez, decidió
mirar con los ojos abiertos: recuerdo azul, recuerdo negro,
recuerdo azul, recuerdo negro...
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