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CUENTOS Y RELATOS

 

DISERTACIONES EN EL CAÑÓN DEL RÍO LOBOS

»Una vez vino ese del que te he hablado, que estudia Historia. Habló con un amigo suyo de la antigua Grecia, de que ellos creían que su destino estaba marcado y no eran libres. Opinaba que el pensamiento contemporáneo se equivoca, porque el destino es sinónimo de circunstancias. Son tan libres y esclavos como nosotros.
—¿Nosotros somos libres? Si somos irracionales —dice el buitre sorprendido.
—La libertad es, en realidad, una pequeña autonomía. No podemos hacer nada si un cazador nos dispara, pero solo nosotros decidimos cómo afrontar ese momento. Eso es la libertad para todas las especies del mundo.
—Pero, como has dicho antes, esa actitud es debida a las circunstancia vividas anteriormente y a la educación recibida.
—Eso nos moldea la personalidad, sí, pero hay algo dentro de nosotros que no conocemos. Los humanos lo llaman metafísica —responde el halcón con la comida en el pico.
—¿Quién está preparado para tal desgracia?
—Quien se prepara. La libertad se trabaja a base de entrenamientos intelectuales.
—¿Y físicos?
—También. Pero el más importante suele ser el intelectual. A un ignorante le costará más, aunque sea un buen atleta.
—Puede haber un ser inteligente pero tan tozudo que no tenga autocrítica, y ese será su fin —dice el buitre.
—Sí, ser inteligente no te asegura ser libre. Necesitas forjar tu carácter y ser constante. Reconocer tu ignorancia y cada día aprender hasta que te reclame la muerte. Y para los humanos no es bueno ser pobre, porque anhelan el dinero; ni ser rico, porque lo ansían como si fuera una droga.
—Seguro que tú eres así de virtuoso. Pero no he entendido lo de la metafísica.
—Nadie lo entiende y por eso algunos dicen tantas tonterías —responde el halcón—. Ya he acabado, me voy. ¡Que aproveche!
El halcón se va y el buitre se pega un festín. Gracias a su largo cuello llega hasta la carroña. Se ríe de las palabras del halcón. Cree, por la forma en la que hablaba, que no tiene ni idea de que cuesta mucho prepararse para las escenas en que te llama la muerte. Seguro que este halcón sería el primero en llorar, si viera que le apunta un cazador con su escopeta.
Está hablando consigo mismo mientras come sobre lo extraña que está la naturaleza en estos últimos años. Cuando él era muy joven habría sido imposible ir solo a comer. Están cambiando algunas costumbres. Este buitre suele alimentarse de corzos, pero cada vez hay menos en la región y cree que el humano tiene algo que ver en el asunto. Echa de menos a sus compañeros y familiares. A él le gusta ir a campo abierto con todo el colectivo y pelearse entre ellos para zampar la carroña. Le gusta, porque él es de los más fuertes y, casi siempre, vence a sus rivales. Acaba y vuelve con los otros halcones.
Llega la noche, un territorio ubérrimo para muchos de los habitantes del parque natural. El búho real es uno de ellos. Está tranquilo en el bosque, es un tipo solitario y apenas se relaciona con nadie. Solo en invierno, cuando el celo lo atormenta, inicia su sociabilidad.
Su físico impone a muchos. Una cabeza grande con unos largos penachos cefálicos. Unos ojos anaranjados con un soberbia que irritaría hasta al más pacientes de los seres vivos. Sus garras son letales cuando caza a su manjar favorito: el conejo. Su plumaje se camufla en el entorno, como un soldado entrenado para matar sin la colaboración de nadie, aunque ahora mismo veo un color pardo con pequeños círculos negros, como si se tratara de los tatuajes de los humanos.
Ha visto una coneja, la que ha hablado con el alimoche, que ha salido de la madriguera con su hijo. El búho no se lo piensa dos veces y vuela como un avión. Agarra a la madre y no escucha el grito del hijo. Pero tampoco ha escuchado quejarse a la coneja de sus garras. Le pregunta por qué tiene un carácter tan valiente.
—Mi hijo entiende lo sucedido y sabe que llorar como un humano no arreglará nada.
—Que no te moleste que no esté en la época del celo —dice el búho con arrogancia.
—Si tú no me hubieras cazado, habría sido otro.
—No tendrías que haber salido de noche.
—De noche no veo y de día hay calígine —responde la coneja.
—No entiendo lo que dices.
No hablan más. Minutos después la coneja no puede evitar el sufrimiento de ser devorada, pero su dignidad despeja la niebla.
En una de las muchas cuevas, hay varios pequeños murciélagos discutiendo. Todo ha empezado porque el más joven se ha quejado de que no le permitan irse con un cuidador del parque. Este le ha prometido una vida burguesa en un zoo de alguna ciudad española. Le asegura que es su amigo.
Sus familiares están preocupados por él.
—¿Por qué? —pregunta indignado el joven murciélago.
—Porque no te puedes fiar de los humanos.
—No lo entiendo.
—Yo te explicaré una historia un poco larga —dice uno de los más veteranos de la cueva—. Seguro que así lo entenderás.
—De acuerdo.
—Bien. Esta historia está adornada con unos sucesos pomposos de tragedia animal. Hace muchísimo tiempo, milenios y milenios atrás, cuando el humano hacía pocos siglos que se había independizado de las cuevas en las que vivía como nosotros, y era un nómada que cazaba y recolectaba la fruta silvestre, aunque algunos ya empazaban a vivir más como sedentarios.
—¿Ellos son los protagonistas?
—Los coprotagonistas. El otro es un lobo, un cachorro que no ha podido seguir a su madre y a la manada. Está perdido por el bosque y tiene miedo. Da vueltas y no encuentra a sus compañeros. Entonces, choca con un grupo de humanos que emigran a otro territorio para cazar. Se hace amigo de un niño e insiste en quedarse con el cachorro. Al principio, sus padres tienen miedo pero, al comprobar que ese lobo es inofensivo, le dan permiso.
»Nace una amistad con el niño y corren los años. El niño es un adolescente que se inicia en la caza y el cachorro es un lobo que respeta a sus amigos bípedos. Los adultos habían tomado al animal como una distracción para sus hijos, pero ahora tienen un aliado que les facilitaba la caza. No solo eso, también es el vigilante de la guarida.
»Los humanos tuvieron la idea de formar un ejército de lobos que fueran sus soldados en la trinchera. Utilizo una expresión anacrónica, pero es para que me entiendas. Bien, pues secuestraron cachorros; lobos no, porque tenían miedo de ser heridos. Domesticaron a esos jovenzuelos y el que no obedecía era maltratado o asesinado.
»En los primeros lobos hay muchos muertos porque no es fácil manipularlos, aunque los humanos lo llaman domesticar. No obstante, hay una minoría que son dóciles y obedecen las órdenes de sus secuestradores. Hay un momento en el que los esclavos se reproducen y nace una generación que está al son humano desde el primer segundo de vida. Cada vez son más, aunque algunos siguen siendo sacrificados, no es tarea fácil exterminar una cultura, pero los bípedos lo consiguen.
»Pasan décadas, o quizás siglos, y la domesticación causa cambios físicos importantes en los lobos, incluso psicológicos. Hibridan diferentes razas de lobos como si ellos fueran la naturaleza. Por desgracia, consiguen su objetivo y los lobos libres se convierten en canes. Nacen unas nuevas razas que también se mezclan entre ellas.
»Estos nuevos seres son dóciles con sus amos o, quizás, la domesticación los infantiliza, porque cumplen con sus obligaciones. Son la mano derecha de los homo sapiens. Cuando estos empiezan a domesticar a otros animales, los perros los ayudan con el pastoreo y su recompensa es una palmada.
»Imagínate, el humano llama «mejor amigo» al perro, es su otro nombre. Quiero que entiendas la lógica humana: si estás con él, eres su amigo, pero si tienes tu propia voz, o quieres ser libre, te maltrata hasta que consiga de ti lo que quiere; si no lo consigue, te mata. Así ven ellos las relaciones.
—Gracias por explicarme esta historia que me hace abrir los ojos. Pero tengo dudas —dice el joven murciélago.
—Pregunta.
—¿Por qué los otros animales que domesticaron no son tan dóciles como el perro?
—No lo sé. Quizás porque tuvieron otro tipo de domesticación o por su genética.
—Ya. Tengo otra duda: ¿por qué la naturaleza ha creado al homo sapiens? Va contra sus intereses.
—La naturaleza no es sabia. Compone, o crea, al azar y de forma caótica. El humano es un accidente como nosotros. Ellos creen que son superiores por tener raciocinio, pero su razón obedece a sus impulsos más naturales, como los que tenemos nosotros. Es cierto que hay una minoría que consigue controlarlos. Pero nunca nadie ha encontrado una solución para domesticar el carácter silvestre que tiene todo bípedo. Algunos dicen que hay que eliminar cualquier tipo de placer, sea el que sea, y cualquier tipo de deseo, pero eso solo causa más dolor. Otros dicen todo lo contrario, aunque eso solo provoca más sufrimiento. Y los hay que argumentan que hay que ceder un poco y prohibir un poco también.
—Pero eso es una eterna lucha.
—Es que ellos no entienden que son como nosotros, que vivimos en una lucha entre nosotros. Pero ellos con ellos mismos. Aspiran a vivir una vida sin dolor y no aceptan que tienen que vivir con él. Hay buenos momentos y los hay malos. Nosotros, por ejemplo, estamos hablando tranquilos, pero de aquí a unos pocos segundos podemos huir de alguna amenaza. Hay momentos de goce y placer, pero también hay que estar preparados para los momentos de dolor. Y eso no les entra en su cabeza, porque creen que son especiales, que no son un accidente.
—Pero en estos accidentes hay cierta coherencia. Nosotros hacemos una labor, los carroñeros otra y así.
—Tú has puesto ejemplos coherentes y yo te diré casos que te harán pensar todo lo contrario. Existen las erupciones volcánicas, los terremotos y los huracanes por desajustes naturales.
—Quizás es una forma de equilibrar la vida y la muerte en nuestro entorno.
—Eso lo haría una naturaleza sabia y ser sabia es ser bondadosa. A la naturaleza solo le importa sobrevivir. Solo eso.
Los murciélagos debaten de un tema que nos suena a nosotros de anteriores páginas. El veterano convence al joven de que no tiene que irse con el humano a ningún sitio.
La noche emigra a otras partes del planeta y el día vuelve a abrazar al Cañón del Río Lobos. Otro nuevo episodio de luchas para nuestros protagonistas. Lo más increíble es que, en medio de la violencia natural, hay momentos de sosiego para hablar de la vida y la muerte.


Disertaciones en el Cañón del Río Lobos



Página publicada por: José Antonio Hervás Contreras