| —Pero, como has dicho antes, esa actitud es debida a
las circunstancia vividas anteriormente y a la educación
recibida.
—Eso nos moldea la personalidad, sí, pero hay
algo dentro de nosotros que no conocemos. Los humanos lo llaman
metafísica —responde el halcón con la
comida en el pico.
—¿Quién está preparado para tal
desgracia?
—Quien se prepara. La libertad se trabaja a base de
entrenamientos intelectuales.
—¿Y físicos?
—También. Pero el más importante suele
ser el intelectual. A un ignorante le costará más,
aunque sea un buen atleta.
—Puede haber un ser inteligente pero tan tozudo que
no tenga autocrítica, y ese será su fin —dice
el buitre.
—Sí, ser inteligente no te asegura ser libre.
Necesitas forjar tu carácter y ser constante. Reconocer
tu ignorancia y cada día aprender hasta que te reclame
la muerte. Y para los humanos no es bueno ser pobre, porque
anhelan el dinero; ni ser rico, porque lo ansían como
si fuera una droga.
—Seguro que tú eres así de virtuoso. Pero
no he entendido lo de la metafísica.
—Nadie lo entiende y por eso algunos dicen tantas tonterías
—responde el halcón—. Ya he acabado, me
voy. ¡Que aproveche!
El halcón se va y el buitre se pega un festín.
Gracias a su largo cuello llega hasta la carroña. Se
ríe de las palabras del halcón. Cree, por la
forma en la que hablaba, que no tiene ni idea de que cuesta
mucho prepararse para las escenas en que te llama la muerte.
Seguro que este halcón sería el primero en llorar,
si viera que le apunta un cazador con su escopeta.
Está hablando consigo mismo mientras come sobre lo
extraña que está la naturaleza en estos últimos
años. Cuando él era muy joven habría
sido imposible ir solo a comer. Están cambiando algunas
costumbres. Este buitre suele alimentarse de corzos, pero
cada vez hay menos en la región y cree que el humano
tiene algo que ver en el asunto. Echa de menos a sus compañeros
y familiares. A él le gusta ir a campo abierto con
todo el colectivo y pelearse entre ellos para zampar la carroña.
Le gusta, porque él es de los más fuertes y,
casi siempre, vence a sus rivales. Acaba y vuelve con los
otros halcones.
Llega la noche, un territorio ubérrimo para muchos
de los habitantes del parque natural. El búho real
es uno de ellos. Está tranquilo en el bosque, es un
tipo solitario y apenas se relaciona con nadie. Solo en invierno,
cuando el celo lo atormenta, inicia su sociabilidad.
Su físico impone a muchos. Una cabeza grande con unos
largos penachos cefálicos. Unos ojos anaranjados con
un soberbia que irritaría hasta al más pacientes
de los seres vivos. Sus garras son letales cuando caza a su
manjar favorito: el conejo. Su plumaje se camufla en el entorno,
como un soldado entrenado para matar sin la colaboración
de nadie, aunque ahora mismo veo un color pardo con pequeños
círculos negros, como si se tratara de los tatuajes
de los humanos.
Ha visto una coneja, la que ha hablado con el alimoche, que
ha salido de la madriguera con su hijo. El búho no
se lo piensa dos veces y vuela como un avión. Agarra
a la madre y no escucha el grito del hijo. Pero tampoco ha
escuchado quejarse a la coneja de sus garras. Le pregunta
por qué tiene un carácter tan valiente.
—Mi hijo entiende lo sucedido y sabe que llorar como
un humano no arreglará nada.
—Que no te moleste que no esté en la época
del celo —dice el búho con arrogancia.
—Si tú no me hubieras cazado, habría sido
otro.
—No tendrías que haber salido de noche.
—De noche no veo y de día hay calígine
—responde la coneja.
—No entiendo lo que dices.
No hablan más. Minutos después la coneja no
puede evitar el sufrimiento de ser devorada, pero su dignidad
despeja la niebla.
En una de las muchas cuevas, hay varios pequeños murciélagos
discutiendo. Todo ha empezado porque el más joven se
ha quejado de que no le permitan irse con un cuidador del
parque. Este le ha prometido una vida burguesa en un zoo de
alguna ciudad española. Le asegura que es su amigo.
Sus familiares están preocupados por él.
—¿Por qué? —pregunta indignado el
joven murciélago.
—Porque no te puedes fiar de los humanos.
—No lo entiendo.
—Yo te explicaré una historia un poco larga —dice
uno de los más veteranos de la cueva—. Seguro
que así lo entenderás.
—De acuerdo.
—Bien. Esta historia está adornada con unos sucesos
pomposos de tragedia animal. Hace muchísimo tiempo,
milenios y milenios atrás, cuando el humano hacía
pocos siglos que se había independizado de las cuevas
en las que vivía como nosotros, y era un nómada
que cazaba y recolectaba la fruta silvestre, aunque algunos
ya empazaban a vivir más como sedentarios.
—¿Ellos son los protagonistas?
—Los coprotagonistas. El otro es un lobo, un cachorro
que no ha podido seguir a su madre y a la manada. Está
perdido por el bosque y tiene miedo. Da vueltas y no encuentra
a sus compañeros. Entonces, choca con un grupo de humanos
que emigran a otro territorio para cazar. Se hace amigo de
un niño e insiste en quedarse con el cachorro. Al principio,
sus padres tienen miedo pero, al comprobar que ese lobo es
inofensivo, le dan permiso.
»Nace una amistad con el niño y corren los años.
El niño es un adolescente que se inicia en la caza
y el cachorro es un lobo que respeta a sus amigos bípedos.
Los adultos habían tomado al animal como una distracción
para sus hijos, pero ahora tienen un aliado que les facilitaba
la caza. No solo eso, también es el vigilante de la
guarida.
»Los humanos tuvieron la idea de formar un ejército
de lobos que fueran sus soldados en la trinchera. Utilizo
una expresión anacrónica, pero es para que me
entiendas. Bien, pues secuestraron cachorros; lobos no, porque
tenían miedo de ser heridos. Domesticaron a esos jovenzuelos
y el que no obedecía era maltratado o asesinado.
»En los primeros lobos hay muchos muertos porque no
es fácil manipularlos, aunque los humanos lo llaman
domesticar. No obstante, hay una minoría que son dóciles
y obedecen las órdenes de sus secuestradores. Hay un
momento en el que los esclavos se reproducen y nace una generación
que está al son humano desde el primer segundo de vida.
Cada vez son más, aunque algunos siguen siendo sacrificados,
no es tarea fácil exterminar una cultura, pero los
bípedos lo consiguen.
»Pasan décadas, o quizás siglos, y la
domesticación causa cambios físicos importantes
en los lobos, incluso psicológicos. Hibridan diferentes
razas de lobos como si ellos fueran la naturaleza. Por desgracia,
consiguen su objetivo y los lobos libres se convierten en
canes. Nacen unas nuevas razas que también se mezclan
entre ellas.
»Estos nuevos seres son dóciles con sus amos
o, quizás, la domesticación los infantiliza,
porque cumplen con sus obligaciones. Son la mano derecha de
los homo sapiens. Cuando estos empiezan a domesticar a otros
animales, los perros los ayudan con el pastoreo y su recompensa
es una palmada.
»Imagínate, el humano llama «mejor amigo»
al perro, es su otro nombre. Quiero que entiendas la lógica
humana: si estás con él, eres su amigo, pero
si tienes tu propia voz, o quieres ser libre, te maltrata
hasta que consiga de ti lo que quiere; si no lo consigue,
te mata. Así ven ellos las relaciones.
—Gracias por explicarme esta historia que me hace abrir
los ojos. Pero tengo dudas —dice el joven murciélago.
—Pregunta.
—¿Por qué los otros animales que domesticaron
no son tan dóciles como el perro?
—No lo sé. Quizás porque tuvieron otro
tipo de domesticación o por su genética.
—Ya. Tengo otra duda: ¿por qué la naturaleza
ha creado al homo sapiens? Va contra sus intereses.
—La naturaleza no es sabia. Compone, o crea, al azar
y de forma caótica. El humano es un accidente como
nosotros. Ellos creen que son superiores por tener raciocinio,
pero su razón obedece a sus impulsos más naturales,
como los que tenemos nosotros. Es cierto que hay una minoría
que consigue controlarlos. Pero nunca nadie ha encontrado
una solución para domesticar el carácter silvestre
que tiene todo bípedo. Algunos dicen que hay que eliminar
cualquier tipo de placer, sea el que sea, y cualquier tipo
de deseo, pero eso solo causa más dolor. Otros dicen
todo lo contrario, aunque eso solo provoca más sufrimiento.
Y los hay que argumentan que hay que ceder un poco y prohibir
un poco también.
—Pero eso es una eterna lucha.
—Es que ellos no entienden que son como nosotros, que
vivimos en una lucha entre nosotros. Pero ellos con ellos
mismos. Aspiran a vivir una vida sin dolor y no aceptan que
tienen que vivir con él. Hay buenos momentos y los
hay malos. Nosotros, por ejemplo, estamos hablando tranquilos,
pero de aquí a unos pocos segundos podemos huir de
alguna amenaza. Hay momentos de goce y placer, pero también
hay que estar preparados para los momentos de dolor. Y eso
no les entra en su cabeza, porque creen que son especiales,
que no son un accidente.
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